Calidad de muerte

Singapur, un estado-ciudad-isla situado en el sureste asiático, tiene apenas setecientos kilómetros cuadrados; en esa área tan reducida viven, y con mucha holgura, cinco millones de personas. Este privilegiado territorio es una especie de paraíso moderno con un ingreso per cápita de cincuenta mil dólares anuales, muy bajo nivel de desempleo, muy baja criminalidad, suficiente seguridad social… Sólo en una sociedad con tal “calidad de vida” podría alguien preocuparse y asignar recursos para efectuar un estudio sobre “calidad de muerte”. Esto fue justamente lo que hizo la Fundación Lien, una institución filantrópica singapurense que para tal propósito contrató a The Economist Intelligence Unit, una firma consultora asociada a la prestigiosa revista inglesa.

El estudio evaluó para cuarenta países lo que la fundación denominó “índice de calidad de muerte”. El cálculo del índice se basó en una combinación de parámetros relacionados con el ambiente donde los enfermos pasan sus últimos días, el costo de los auxilios finales, la eficacia de las ayudas médicas requeridas por los enfermos terminales y la disponibilidad o insuficiencia de las mismas ayudas.

Los resultados del estudio mostraron que los cuatro países en donde mejor “se muere” gente –Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda e Irlanda– son todos de habla inglesa (lo del idioma es pura coincidencia); los Estados Unidos, el angloparlante más adinerado, ocupó el noveno lugar. Por otra parte, aunque todos clasificaron en la mitad superior de la muestra, ninguno de los países en donde la eutanasia o el suicidio asistido son tolerados o legales –Bélgica, Holanda, Luxemburgo y Suiza– apareció en las posiciones de vanguardia.

Los hallazgos de la investigación fueron fruto de la comparación de los comportamientos sociales en los países con valores altos para el índice en cuestión y en aquellos con valores menores. El estudio mostró, entre otras conclusiones, que la disponibilidad de sedantes fuertes (morfina o equivalentes) es el factor más crítico y más aplicable para la mejora de la calidad de muerte; que los elevados costos médicos postreros desplazan fondos sociales que podrían utilizarse más efectivamente en tratamientos de otros pacientes; y que la modificación de las percepciones erradas sobre la muerte y de los tabús alrededor de la misma son cruciales para la aceptación de los tratamientos paliativos.

En realidad “índice de calidad de muerte” es una denominación un tanto engañosa; “índice de calidad en cuidados terminales” estaría más cercano a la intención de la fundación. Cuando leí en The Economist la expresión “calidad de muerte”, dos memorias pasaron por mi cabeza. La primera fue la sosegada defunción de mi progenitora quien, lúcida hasta su último día, se retiró a descansar en una noche como cualquiera y, para asombro familiar, no despertó jamás. ¿Mejor calidad de muerte? Imposible. (Elevo a las estrellas una petición similar a la que clamó Pedro Calderón de la Barca para su destino final: “Ven, muerte, tan escondida, que no te sienta venir”).

Mi segunda remembranza tampoco es exactamente sobre calidad de muerte sino más bien sobre calidad post mortem excluyendo, eso sí y muy a propósito, cualquier especulación sobre bardos, reencarnaciones, doncellas virginales, encantos de cielos o temperaturas de infiernos. Mi mente vuela ahora a Suecia (puesto 16 en el estudio de Singapur) adonde fui a cursar estudios superiores en décadas ya remotas. Muchas cosas me fascinaron de aquella “supercultura” nórdica que para entonces disfrutaba del mayor ingreso per cápita del planeta.

Muy en particular, y de aquí proviene mi reminiscencia, recuerdo la positiva impresión que en aquel verano lejano me causaron los cementerios de Upsala y Gotemburgo, las dos ciudades donde viví. Los camposantos, dispersos en medio de los sectores residenciales, eran como bellos parques a dónde la gente iba plácidamente a leer o a estudiar; lápidas y tumbas eran todas de una muy elegante sobriedad. A quienquiera que por allí caminara, la placidez de los jardines inspiraría las más apacibles reflexiones y en un ambiente tan agradable poco podría asociarse con los sufrimientos de la muerte o la desazón frente a sus misterios. ¡Qué bien descansaban aquellos difuntos! “Aquí en Suecia la gente vive tan bien”, escribí entonces a alguien en Colombia, “que hasta los muertos disfrutan de una altísima calidad de vida.”

Atlanta, julio 25, 2010

Compartir

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *