Ciencia, cine y sexo

En las múltiples emociones generadas por el sexo y sus secuaces –amor, celos, tristezas, fanfarronerías– siempre sobrarán aflicciones en espera de investigación y vanidades en busca de artistas. Los misterios del sexo, la fascinación de las ciencias, y sus mitos, la inspiración de las artes, son canteras inagotables para la imaginación. Veamos dos ejemplos de lo que estamos hablando, uno tomado de una revista científica y otro de una galardonada película.

Comencemos con la nota científica y las aflicciones. Nuestras lágrimas corrientes son de flujo continuo para limpieza y lubricación de los ojos; cuando allí nos cae una partícula extraña, las glándulas lacrimales emanan unas cuantas goteras adicionales y éstas se encargan de enjuagar la suciedad. Casi ni cuenta nos damos. Los mamíferos, al igual que los humanos y por las mismas razones, también elaboran lágrimas de aseo y mantenimiento.

Los ojos se nos aguan por otra variedad de circunstancias, en muchas de las cuales las lágrimas parecen inútiles. Los llantos emocionales, los torrentes que brotan de la tristeza y el desengaño y que ocurren solamente en los humanos (los animales no lloran), son un ejemplo de las lágrimas que parecían no tener propósito fisiológico alguno. Esto cambió hace poco tiempo. Según un estudio del Instituto Weizmann de Ciencia en Rehovot, Israel, las lágrimas sentimentales de las mujeres podrían ser portadoras de señales químicas cuyo objetivo primario sería la reducción de la excitación sexual de los hombres que se encuentren cerca. ¿Se les había ocurrido pensar en tal artimaña de la naturaleza?

Para efectuar su estudio el Instituto consiguió unas cuantas voluntarias lloronas (que lagrimaran a chorros viendo películas tristes) y otros cuantos voluntarios machotes (a quienes pudiera medírseles su nivel de excitación sexual tras olfatear alternativamente algodones humedecidos con lágrimas naturales o con soluciones salinas artificiales).

Con la inhalación de las lágrimas femeninas la excitación sexual de los varones evaluados –medida por el nivel de testosterona en la saliva, por la actividad en regiones cerebrales asociadas con la libido, y por sus propias declaraciones– quedó por el suelo, en comparación con la reacción neutra a las soluciones salinas de control. Las conclusiones de estos hallazgos no son todavía concluyentes. Algunos expertos consideran que las lágrimas podrían ser una evolución milenaria para disminuir la agresión de los violentos, en general, y no exclusivamente para aplacar las exigencias sexuales, garrote en mano, de nuestros ancestros cavernícolas.

Hasta aquí la nota científica y la tristeza; vamos ahora al cine y a las vanidades. En “El secreto de sus ojos”, la excelente cinta de suspenso galardonada con el Oscar 2010 a la mejor película extranjera, es la vanidad sexual la que descubre al asesino. Con indicios muy débiles, el principal sospechoso de la violación y del crimen en la trama es un hombre pequeño, de contextura insignificante. Entre el asesino y su víctima, una bella y alta mujer, hubo lucha ardua antes del homicidio.

Cuando la juez penal a cargo del caso percibe las miradas lascivas que el sospechoso le lanza, ella le atiza su vanidad varonil: “Este enclenque no puede haber matado a esa mujer tan grande, ni el minúsculo órgano sexual que debe tener puede haber causado las heridas que la autopsia íntima reveló”. Ante tal reto, el diminuto afectado se baja con ira sus pantalones y exhibe con orgullo, en explícita aunque involuntaria confesión, una “masculinidad inconcebible”, como la del último Aureliano en “Cien años de soledad”. La vanidad sexual del inculpado predominó sobre una deseable absolución; la secuencia de estos eventos hace en verdad tragicómica la confesión del inculpado.

La hipótesis científica para explicar el llanto emocional femenino es tan curiosa como nuestros escondidos orgullos sexuales. Quedan aún abundantes aflicciones por aclarar y aparecerán muchas nuevas vanidades para dramatizar. Atemos los dos cabos de esta nota con una sugerencia final.

La próxima vez que usted, señor, llegue entusiasmado sexualmente a su casa y encuentre a su pareja sollozando sin razón evidente, no se le ocurra pensar que ella estuvo viendo “El secreto de sus ojos” y está ahora mismo haciendo comparaciones odiosas que a todas luces le resultarán desfavorables. No, mi amigo, de ninguna manera. Ella simplemente está dejando brotar de sus ojos el lenguaje natural que le enseñó la evolución darwiniana y que, traducido al idioma corriente, es una súplica sencilla: “Esta noche no, por favor”.

Atlanta, mayo 6, 2011

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