¿Cuánto más puede tolerar la Tierra?

La Tierra no puede tolerar más de diez mil habitantes

La población de la Tierra hace doscientos años llegaba apenas a mil millones de habitantes. En 1900 estaba alrededor de mil quinientos, que se cuadruplicarían a seis mil, a lo largo del siglo XX. Hoy, tan solo dieciocho años después, ya somos siete mil millones y, para el 2050, podríamos llegar a diez mil.

Según Edward Wilson, socio-biólogo de Harvard, diez mil millones es la ‘capacidad de carga máxima’ de nuestro planeta, más allá de la cual, supone este columnista, podría ‘reventarse’ en impredecibles desenlaces. No obstante, aunque la humanidad necesita vigilar y controlar la superpoblación, la causa primaria de una probable catástrofe reside más en el consumo desordenado e irresponsable de casi todo, que en la temible y terrible explosión demográfica.

Desde hace décadas los ecologistas vienen advirtiéndonos sobre las consecuencias trágicas de los desequilibrios globales. Existen, en verdad, numerosos quijotes que luchan sin cesar por la protección del medio ambiente y grupos crecientes de ciudadanos corrientes que desperdician poco y reciclan casi todo.

En la mayoría restante, sus reacciones van desde indiferencia completa, pasando por  oportunismos en busca de imagen o votos, continuando con la atribución de los cambios climáticos a ciclos naturales, y llegando hasta  la devoción a dioses que se encargarían de corregir los desastres.

Hasta finales del siglo XX la superpoblación tuvo  siempre un control, no planeado pero sí trágico, en crueles hambrunas, en diversas enfermedades contagiosas agresivas, y en todas las expresiones de violencia. Alrededor del año 2000, esto cambió radicalmente.

“En el amanecer del tercer milenio y por primera vez en la historia,” escribe Yuval Harari, el renombrado escritor israelita, “cada año muere más gente (1) por excesos de comida  que de hambre, (2) de muerte natural que como consecuencia de enfermedades infecciosas y (3) por suicidios que como resultado de ataques militares, asaltos terroristas o manos criminales, combinados los tres factores”. Me parecieron tan increíbles tales afirmaciones que, con ayuda de Wikipedia y Google, comprobé, una a una, su veracidad.

Paradójicamente, a pesar de las hambrunas de Haití y Zambia, de los conflictos de Irak y Siria, y de las víctimas del cólera y el ébola, tragedias mayores estas del siglo XXI, la magnitud de estas es reducida, si se compara con el número de víctimas del hambre en África y el sureste asiático durante el último tercio del siglo XX, con los caídos en armas de la segunda guerra mundial, o con los sacrificados en las masacres de judíos en el holocausto.

La disminución de tragedias y de muertes masivas inútiles ha sido un resultado bienvenido, silencioso y anónimo de los notables adelantos culturales preventivos y de los extraordinarios avances científicos correctivos que, sin pretenderlo, nos están acercando peligrosamente a la capacidad de carga máxima postulada por el doctor Wilson.

¿Qué deberíamos todos hacer, entonces, con relación a los riesgos ambientales? Contestar esta pregunta es  cómo llover sobre mojado. Las respuestas son obvias, conocidas y repetidas a diario y todo comienza con lo elemental. Exceptuando los obnubilados que creen que los cambios ecológicos se resolverán mediante intervenciones divinas, la mayoría de la gente puede describir el problema, así permanezca de brazos cruzados. No obstante, la humanidad tiene que recorrer el largo trecho que va desde el dicho al hecho.

Podemos principiar con gastar menos agua, menos combustibles, menos electricidad… Podemos contaminar menos; podemos eliminar el consumo de cosas innecesarias… Tenemos que cuidarnos de la publicidad: Para alimentar nuestra adicción a lo inútil, la manipulación de los anuncios nos lleva a despilfarros ridículos. Y, como si fuera poco, la ‘inteligencia artificial’ está en capacidad de identificar nuestros patrones de consumo para enviarnos comerciales personalizados

Por supuesto que podemos y debemos reciclar, o reciclar más, si ya lo estamos haciendo. ¿Y después? Podríamos, además de muchas otras acciones, convertirnos en activistas de tan importante causa.

O comenzamos ahora, o no lo haremos nunca. A diferencia de Aureliano Buendía, ni usted ni yo pertenecemos a estirpe alguna que esté condenada a cien años de soledad, sin segundas oportunidades para la existencia. El planeta no va a desaparecer para el 2050. Si embargo, si no lo cuidamos y lo consentimos, nuestros tataranietos sí a tener muchísimas menos opciones sobre la Tierra de entonces.

Houston, marzo 28, 2018

@gustrada1

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