De chismes y correos electrónicos

¿Recuerdan ustedes el viejo cuento de la niña de algún pueblo que fue a confesarse? “Mi único pecado es venial, padre”, aseveró la niña. “Yo soy chismosa”, agregó. “Como penitencia”, repuso el sacerdote, “me debes traer una gallina ahora mismo”. “En el camino hacia la iglesia, le vas tirando al aire todas sus plumas; la gallina ha de estar pelada a tu regreso”, explicó el cura sin dar aún la absolución.

Ya de vuelta en la iglesia, el padre le hizo a la niña una nueva solicitud: “Ahora, por favor, tráeme todas las plumas que has esparcido”. La chica protestó enérgicamente, alegando que esa parte era imposible. “De la misma forma”, contestó el prelado, “los chismes que lanzas al aire, jamás podrás recogerlos”.

A pesar de su introducción, esta nota tiene muy poco de cuentos provincianos y sí mucho de difamaciones mundiales. En los años sesenta y setenta estuvo de moda la frase “aldea global” para referirse al achicamiento percibido en el planeta de entonces como consecuencia de los avances notables en las telecomunicaciones. El académico canadiense Marshall McLuhan, acuñador de la famosa expresión, nunca se imaginó que su metáfora de “aldea global” habría de quedarse corta, muy corta, cuatro décadas más tarde. El planeta moderno se convirtió, casi que de repente, en un villorrio pequeñísimo. Las habladurías de mi Cartago de infancia jamás volaron con la velocidad que hoy lo hacen las mentiras contemporáneas a través de Internet. Veamos algunos ejemplos de calumnias extendidas.

Que Tommy Hilfiger, el diseñador y fundador de la marca de ropa del mismo nombre, ultrajó a afroamericanos, hispanos, judíos y asiáticos en el show de Oprah. Que el tratamiento para la extraordinaria recuperación de una grave leucemia padecida por el tenor español José Carreras fue pagado por una ficticia Fundación Hermosa de su “enemigo” Plácido Domingo. Que el certificado de nacimiento en Hawái que presentó Barack Obama durante su campaña presidencial en 2008 resultó fraudulento. Que Sarah Palin retiró “Cien años de soledad” y otros cuantos títulos ilustres de la biblioteca pública de Wasilla, Alaska, cuando ella era la alcaldesa de ese pueblo. Que Gabriel García Márquez escribió hace algunos años, ya “moribundo” entonces, un poema de despedida denominado “La marioneta”. Etc., etc., etc.

Todas las noticias anteriores, y muchas más incluidas en los etcéteras, son falsas. ¿Por qué las inventan unos cuantos y por qué las circulan otros tantos? No tengo la respuesta. Sin embargo, cuando un personaje nos disgusta, sus cuentos siempre podrán ser ciertos mientras que, sí es de nuestros afectos, lo más probable es que sean mentira.

¿La frecuencia de distribución de estos embustes? Altísima. He recibido cada uno de los cinco engaños o bulos anteriores en numerosas ocasiones, provenientes de personas correctas. Pero frecuencia alta y remitentes honestos no son causa suficiente para cruzarnos de brazos. “No mentir” es mandamiento de todas las religiones. Al menos dos cosas sencillas podemos hacer.

En primer término, las gallinas digitales se pueden verificar antes de desplumarlas. Existen varios sitios en la Red, www.snopes.com es el más conocido, que cumplen la loable labor de resolver las leyendas urbanas –las leyendas aldeanas, diría Marshall McLuhan–. Para ayudar a controlar las explosiones calumniosas, debemos constatar todos los correos electrónicos deshonrosos que queramos repartir, absteniéndonos de hacerlo cuando no logramos confirmar su veracidad. (Y aun cuando el contenido sea confiable, vale la pena pensar dos veces en el daño que estamos ocasionando).

En segundo lugar, si ya le dimos “enviar” al cuento ­ –si ya el mal está hecho–, es posible reparar parcialmente el perjuicio causado. Una vez nos percatemos de una falacia a la cual le hicimos eco, debemos mandar las correcciones pertinentes tanto a quienes distribuimos originalmente la mentira como a la persona que nos la remitió, a esta última con la instrucción explícita de recorrer su cadena en reversa. ¿Y la razón para hacer estas enmiendas? Pues digamos que la circulación de los correos correctivos fue la penitencia que nos impuso la decencia para recoger las plumas digitales que habíamos echado al viento.

Atlanta, diciembre 26, 2010

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