Destino y éxito

Hace poco leí en alguna revista unas líneas del novelista Karl Ove Knausgaard y de ellas ‘brotó’ espontáneamente el tema de esta nota. Escribe este noruego: “No crea que usted vale algo, porque no es así. Nos gusta decirnos que merecemos nuestros éxitos; estos, sin embargo, son más el producto de fuerzas sobre las que no tenemos ningún control. No crea que usted es alguien especial, porque no es así”.

¿Qué dirán de estas radicales declaraciones los fanáticos del optimismo y del pensamiento positivo? ¿Qué pensarán los muchos que presumen de sus triunfos como frutos de sus excelsas cualidades? Los fracasos y los traspiés, por supuesto, siempre son de los otros, de los terceros… Pero ¿las victorias? Claro que son propias y nos las merecemos, como frutos de nuestras virtudes y cualidades. El novelista escandinavo está en total desacuerdo: “En gran parte nuestros éxitos se originan en fuerzas sobre las cuales no tenemos ningún control”. Ni más ni menos.

Sobre fracasos y triunfos es mucho lo que se ha escrito. Lo novedoso de las frases de Karl Ove Knausgaard es el énfasis de su planteamiento, que aparece en la segunda de sus seis exitosas novelas autobiográficas, y que no son fruto de una investigación académica o de alguna encuesta de ‘exitología’.

Buscando otras opiniones sobre el tema, encontré una cita de Carl Rogers (1902-1987), que va en una dirección similar y, aunque aporta al tema central, no es su equivalente. Escribe el reconocido psicólogo norteamericano: “No creo que persona alguna le haya enseñado algo a alguien; yo cuestiono la eficacia de la enseñanza y considero que quien quiera aprender, aprende; el maestro, cuando mucho, es apenas un facilitador.” Si nadie me ha enseñado, entonces ignoro de dónde provienen mis logros.

Y si nos atenemos a su propio punto de vista, el notable éxito del escritor noruego es consecuencia de factores ajenos a sus intenciones o su dedicación, como si fuera ‘su’ destino predefinido, su karma. Según la teoría hinduista de la reencarnación, nacemos programados por las acciones en nuestras existencias anteriores; la carga acumulada, más lo que le sumemos o restemos con las acciones en la vida actual, determinará a su vez nuestras existencias futuras.

Puesto en otras palabras, la arquitectura de los destinos personales y las trayectorias de vida podrían ser simples resultantes del karma natural (los genes, digo yo) y de las codificaciones cerebrales (las neuronas, también digo yo) que nos sembraron nuestros alrededores, sin que nos diéramos cuenta. Si solo los disciplinados congénitos pueden ser ordenados y rigurosos, pues ellos serán los únicos que se sobreponen a todos los obstáculos.

¿Cuánto de lo que somos (o seremos) y logramos (o lograremos) en nuestra parábola vital -riquezas, cultura, éxitos personales, contribuciones sociales- proviene (o provino) de nuestra disciplina y dedicación? ¿Cuánto de los atributos naturales son resultantes de nuestros genes? ¿Cuánto de las circunstancias en las que nacimos y crecimos? ¿Cuánto es simple producto del azar, de nuestra ‘suerte’? No lo sabemos, respondería Karl Ove Knausgaard.

Este columnista equipara el karma natural a nuestros genes, donde ningún control tenemos (no todavía, al menos) y el karma adquirido a las influencias culturales, sobre las cuales quizás tenemos algún poder.

Todo este me produce una cierta frustración porque, así suene humorístico, pone en jaque mi admiración por Amado Nervo, bardo del movimiento modernista mexicano y, en particular, por su célebre poema ‘En paz’ que, en su quinta línea, “yo fui el arquitecto de mi propio destino”, refleja un orgullo que todos quisiéramos poder repetir “al final de ‘nuestro’ raudo camino”.

Pues ahora Karl Ove Knausgaard ha puesto en jaque a nuestro gusto poético y, si estuviera acertado en los mordaces juicios, mi admirado poeta, a pesar de su reconocida inspiración, resultaría degradado al bajo nivel de repetidor de algo que no tiene ni idea de dónde salió.

En consecuencia, este columnista, que no cree en la reencarnación del karma hinduista ni en los renacimientos del budismo religioso, prefiere, por lo tanto, poner en duda la tajante aseveración del novelista noruego -“nuestros éxitos se originan en fuerzas sobre las cuales no tenemos ningún control”- y admitir que Amado Nervo si fue, en verdad, “arquitecto de su propio destino”. Puede que así no haya sido, pero… A este columnista le gusta pensar que así fue.

Bogota, agosto 17, 2019

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