Dios, el alma y Einstein

Casi todos los científicos –físicos, astrofísicos, biólogos, genetistas, neurólogos– se inclinan, a partir de la mitad del siglo XX, por la tesis de que el universo, desde el micro-mundo de los quarks, pasando por todas las manifestaciones de la vida, hasta el macrocosmos de las súper-galaxias, consiste únicamente de materia y energía. Quienes compartimos tal afirmación, desconocemos o nos abstenemos de opinar sobre la existencia de entidades espirituales asociadas con los fenómenos naturales o con los seres vivos, incluidos entre estos, por supuesto, la raza humana.

Los investigadores contemporáneos que admiten la existencia de un Ser Supremo lo desvinculan de cualquier entidad que tome partido, intervenga en los asuntos humanos, haga favores a sus preferidos, persiga a los infieles, otorgue paraísos o imponga castigos a los trasgresores de sus reglas.

Así pensaba Albert Einstein. Para el autor de la teoría de la relatividad Dios no es una entidad distinguible o discernible. Más como filósofo que como científico, el eminente sabio cuestiona las devociones comunes cuando expresa: “Mi religiosidad es una humilde admiración de un espíritu infinitamente superior que se revela en lo poco que, con nuestro entendimiento limitado y transitorio, podemos comprender de la realidad. La moral es de la mayor importancia –pero solo para nosotros, no para Dios–.Yo creo en el Dios del filósofo Baruch Spinoza que se manifiesta en la armonía de todo lo que existe, pero no en un dios que se ocupa él mismo del destino y de las acciones de los seres humanos”.

Como sucede con toda noción abstracta, la afirmación o negación de la divinidad depende de lo que queramos decir con el vocablo. Definido como la armonía del universo, Dios sí existe y es el Orden Natural intrínseco, el gran conjunto de todas las leyes de la naturaleza. Definido como gobernador, gendarme y juez, Dios no existe, no puede existir, y carece de cualquier significado. Las personas de la clase numerosa que creen en este dios y, además, tienen relación directa con él, constituyen una mezcla curiosa de humildad y soberbia: «Soy tan especial que el Todopoderoso no me desampara». Esta devoción parece que ofrece a muchos creyentes cierta dosis de tranquilidad interior y una resignada aceptación de Su voluntad en las situaciones difíciles.

A diferencia de su conformidad con la existencia de un Principio Supremo, Albert Einstein es más explícito cuando expresa su concordancia con la doctrina de que somos temporales y desaparecemos al morir. Dice el ilustre físico: “No podría concebir la idea de un individuo que sobrevive a su muerte; dejemos que las mentes frágiles, por miedo o por egoísmo, acaricien tales divagaciones. Yo estoy satisfecho con el misterio de la eternidad de la vida y con la consciencia y la visión de la maravillosa estructura del mundo existente, junto con una devota dedicación para comprender una porción, así sea muy pequeñita, de la Razón Divina que se manifiesta en la naturaleza”.

El concepto del alma humana comienza a evaporarse en el pensamiento moderno cuando Charles Darwin publica en 1859 su teoría de la evolución de las especies y nos aclara con brillantez incomparable que no fuimos creados en nuestra forma actual. Para la aceptación generalizada de la nueva hipótesis transcurrieron cien años. Y para que la naturaleza de toda forma de vida fuera reconocida como un fenómeno estrictamente biológico fueron necesarios los asombrosos avances de la genética a partir del descubrimiento de la estructura helicoidal de la molécula de DNA en 1953.

Con Einstein coincide casi todo el mundo científico actual. No hay una esencia etérea dentro, detrás o al lado de nuestro cuerpo; no hay un fantasma en o detrás de la máquina, como dice el filósofo inglés Gilbert Ryle. El ser humano es un organismo material y la vida, en sus diversas expresiones, sean hongos, plantas, animales o seres humanos, está regulada por principios físicos y bioquímicos, así muchos de éstos jamás los logremos entender.

Atlanta, mayo19, 2011

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