El caos de los desórdenes mentales

En 1840, para los efectos estadísticos del censo de los Estados Unidos, si alguien sufría desarreglos mentales era demente o retardado mental. Y cuarenta años más tarde, para propósitos similares, los mismos pacientes se encasillaban en siete denominaciones diferentes –maníacos, melancólicos, monomaníacos, neurosifilíticos, dementes, dipsómanos, epilépticos–. Así de tristemente sencillas eran las cosas en aquellas épocas.

Semejante sencillez, tan errónea como simplificada, desapareció por completo en los siguientes cien años. En 1952, con el DSM-1, la primera edición del Manual estadístico y diagnóstico de desórdenes mentales (DSM por su sigla parcial en inglés), que publica desde entonces la Asociación Americana de Psiquiatras, los posibles trastornos mentales llegaron a la nada despreciable cifra de 106 variaciones. Y cuatro décadas después, ya en su cuarta edición (que será seguida por el DSM-5 en el 2012), el manual se convirtió en un complejo diccionario de nada más y nada menos que 283 trastornos mentales descritos en 886 páginas. ¡Qué locura, por favor! ¿Se ha complicado tanto el mundo contemporáneo como para causar tal cantidad de perturbaciones? ¿O se les habrá ido la mano a los estudiosos de la mente trazando más divisiones de la cuenta?

Como ciudadano que presume de cuerdo (y digo “presumo” porque casi trescientos trastornos son demasiados como para asegurar que a alguien no le concierne siquiera uno de ellos), creo que ambas preguntas tienen respuestas afirmativas. Es cierto que los trastornos mentales son, en realidad, numerosos y pueden haber tenido manifestaciones específicas con las presiones y demandas de la vida moderna. Y es cierto que la ciencia dispone de métodos y herramientas en abundancia que permiten identificar problemas cada vez más sutiles. Pero no me cabe duda que los clasificadores del manual han dejado suelta la imaginación y se han abstenido de ejercer suficiente control sobre la tan humana tendencia de complicarlo todo.

Con la explosión de problemas, crecieron en paralelo los métodos correctivos y las profesiones correctoras. Los vocablos “psicología” y “psiquiatría” datan ambos del siglo XIX y en el comienzo, supongo, había una sola psicología y una sola psiquiatría. En los dos siglos siguientes, han aparecido más de quince especializaciones de la primera (clínica, evolutiva, del desarrollo, aplicada –¿serán desaplicadas las otras?–, psicopatología, neuropsicología, psicoanálisis, conductismo, Gestalt, etc.) y más de diez variantes de la segunda (biológica, infantil, comunitaria, intercultural, geriátrica, neuropsiquiatría, ortomolecular –¿qué será esto?–, etc.).

Para ambas profesiones, que tanto tienen en común, los problemas y los resultados de sus soluciones son muy difíciles de medir confiablemente. En asuntos de comportamiento los términos “normal” y “anormal” son subjetivos y se definen mutuamente. La aproximación generalizada de llamar “anormal” a toda desviación de una difusa y confusa “normalidad” es el comienzo de las dificultades. Los problemas de la mente no son de “cardiología o nefrología, donde las enfermedades básicas son bien conocidas”, dice Edward Shorter, un reconocido historiador de la psiquiatría. Y agrega el mismo doctor Shorter: “En psiquiatría nadie sabe (a ciencia cierta, digo yo) las causas de nada, así que cualquier clasificación termina regulada por los factores más diversos –políticos, sociales, financieros–”.

La homosexualidad, por ejemplo, que figuraba como tal en el DSM-1, fue inicialmente reemplazada en el manual de 1973 por “desorden de orientación sexual”, posteriormente sustituida en 1980 por “homosexualidad egodistónica” (de conflictos entre comportamiento y ego), y finalmente retirada en 1987. A la fecha, una categoría bastante vaga, denominada “desorden sexual no especificado de otra forma”, permanece todavía en el DSM-4.

El esfuerzo que ha habido en los DSM’s a lo largo de los años es descomunal. Mucha debe haber sido su utilidad o su publicación y mantenimiento periódicos se hubieran suspendido. Las dificultades de su interpretación provienen de la magnitud, la complejidad y la indefinición de los mismos problemas que el manual espera puntualizar (misión, para mí, tan ideal como imposible). La demencia única de 1840 tiene ahora veintiuna manifestaciones distintas en el DSM-4. Y los alcohólicos que decidan no ingresar al anonimato pueden escoger entre quince denominaciones diferentes para referirse a los efectos de sus excesos etílicos.

El complejo tema da para chistes (que muchos seguramente consideraran irrespetuosos y hasta ofensivos), por un lado, y para preocupaciones mayores, por el otro. Confiemos, como lo hacemos con todos los males, que los desarreglos de la cabeza nunca se crucen por la nuestra. Suponiendo que aceptamos la necesidad de ayuda (cosa difícil, de entrada) e ignorando cual de los 283 problemas nos ha llegado, ¿cómo nos decidimos por el clínico, el cognitivo, el psicoterapeuta o el neuropsiquiatra que nos ha de corregir? ¡Qué horror no saber de qué estamos enfermos ni qué clase de especialista es el que nos debe tratar! Y peor aún que, en nuestro desorientado camino, lleguemos a caer en las manos –o en la labia– de algún charlatán con un título académico.

Atlanta, abril 23, 2009

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