Entre lo exotérico y lo esotérico

Los territorios de la física racional (lo exotérico material) y la metafísica animista (lo esotérico inmaterial) carecen de comarcas comunes y los habitantes de sus puntos extremos jamás se aproximarán; ellos hablan idiomas distintos y sus cerebros funcionan de manera diferente. En una punta están los radicales ateos que ya respondieron todas sus preguntas y cuya suficiencia de razón está por encima de cualquier tipo de duda. En la otra, se encuentran los fanáticos religiosos –los creacionistas para quienes el universo tiene seis mil años, los musulmanes de guerra santa, los creyentes fervorosos que conversan con Dios– a quienes les sobra fe pero se quedaron cortos en raciocinio.

Para fortuna humana, hay un gigantesco terreno en el medio de esos polos opuestos. Allí caben los tolerantes de todos los credos, los creyentes que aceptan posibilidades de error, los ateos respetuosos de la opinión ajena y los agnósticos que reconocen las limitaciones de la mente para comprender el Orden Universal. Y en esa amplísima gama de grises, sobresalen algunos grupos interesantes, dos de los cuales quiero resaltar en esta oportunidad.

El primer grupo, de generación espontánea en los años recientes, es una especie de Nueva Espiritualidad (nada que ver con la Nueva Era o con la Era de Acuario donde se mezclan en una extraña amalgama la astrología, los ángeles, los médiums y las vidas anteriores ), un centro “radical” que se adhiere a la investigación científica pero reconoce al mismo tiempo que el cerebro es el resultado de la selección natural para supervivir y favorecer descendencia y no para resolver todos los misterios ni descifrar todas las verdades del cosmos. Allí bien caben la espiritualidad atea de filósofo francés André Comte-Sponville y el sentido de Dios que, según el biólogo norteamericano Stuart Kauffman, uno de los pioneros de la teoría de sistemas complejos, se encuentra en “la incesante creatividad del universo, la biósfera y la vida humana”.

El segundo grupo, con antigüedad de veinticinco siglos, es el budismo pragmático, la esencia y el subconjunto reducido de conceptos que quedan del budismo religioso una vez se le retiran todos los componentes de dogma y culto. El Buda sencillamente recomienda no perder tiempo con los temas metafísicos. Dice así en uno de sus discursos: «La afirmación o negación de hipótesis sobre asuntos sobrenaturales, sean estos la eternidad del universo, la existencia del alma, el renacimiento o la reencarnación, es solo un manojo de opiniones, un desierto de opiniones, una manipulación de opiniones que en nada conducen a la cesación del sufrimiento». Todo lo que no esté orientado a la eliminación del sufrimiento, también lo declara el Buda, es una pérdida completa de tiempo. ¿Y qué queda cuando se termina el sufrimiento? La armonía y la paz interior que tanto anhelamos todos los humanos, en todos los rincones del planeta, sin distinciones de idioma, origen o color.

Atlanta, julio 19, 2008

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