¿Es el Idioma Español “SACACULISTA”?

Numerosos talleres de crecimiento personal con los que tuve que ver en el pasado –por experiencia directa cuando participé en ellos o por referencia de terceros cuando yo no asistí– prohibían durante las sesiones de trabajo la utilización del pronombre impersonal “uno”. (La regla le hubiera creado problemas a Simón Díaz cuando compuso “Caballo Viejo”: “Uno no tiene la culpa cuando el amor llega así de esa manera”). Los facilitadores de los tales seminarios argumentaban que referirse a “uno” eludía responsabilidad y, en cambio, decir “yo” generaba compromiso. “Empoderaba”, era el término que utilizaban. Y todo parece indicar que los facilitadores tenían razón.

Lo digo porque más recientemente leí algo que me dejó muy pensativo. En el idioma coreano las terminaciones verbales conllevan tanta información que las madres, cuando se dirigen a sus bebés, necesitan utilizar muy pocos sustantivos mientras que en el inglés –al igual que en otros idiomas occidentales– las mamás utilizan comparativamente muchos más sustantivos y muy pocos verbos. ¿El resultado? Los niños coreanos terminan usando más verbos que los niños anglosajones.

Pero ahí no termina la cosa. En un estudio de la Universidad de Berkeley en California, los investigadores encontraron que los niños coreanos empiezan a resolver algunos problemas motrices (como alcanzar un objeto distante con una herramienta improvisada) a una edad mucho más temprana que los niños de habla inglesa. Los chicos de padres que hablan inglés, en cambio, reconocen más rápido el concepto de categoría o grupo –animal para referirse a perros y gatos– posiblemente como consecuencia del énfasis idiomático en los sustantivos. En resumen, hay fundamentos para creer que existe una conexión de causa a efecto entre nuestro lenguaje y nuestros actos. Y lo que es aún más serio, entre nuestro idioma nativo y nuestra cultura.

¿Para dónde voy con esto? El idioma español –o, mejor dicho, la manera como hablamos los hispanos– es riquísimo en imprecisiones, voces pasivas y modos reflejos. Al hablar, nosotros eludimos de manera curiosamente consistente la responsabilidad de la primera persona del singular. Unos cuantos ejemplos ilustran el punto.

¿Con qué frecuencia decimos “se me olvidó tu nombre”, en vez de “olvidé tu nombre”, o “se me quedó el libro”, en vez de “dejé el libro”? ¿Cuántas veces escuchamos “se me manchó el vestido”, “me cogió la tarde”, “se me perdieron las llaves”, o “me dejó el avión” y no, como sería más apropiado, “manché mi vestido”, “estoy retrasado”, “extravié las llaves” o “perdí el avión”? En los giros impersonales de los ejemplos anteriores el pronombre no es “YO” –el sujeto de “pienso luego existo, la persona que la embarró, se englobó, o se descuidó– sino el apellido que se fue de mi cerebro, el libro que resolvió quedarse en casa, el vestido que se colocó debajo de lo que estaba chorreando, la tarde que no sé por dónde me cogió, las llaves que se escabulleron, o el avión que no quiso esperarme. ¿No son todos estos giros un SACACULISMO del más alto refinamiento? ¿Será que en nuestro subconsciente somos irresponsables? ¿Será que no nos gusta comprometernos? Eso fue lo que me puso tan pensativo.

La explicación gramatical parece sencilla. Las difíciles conjugaciones verbales del español permiten que prescindamos del sujeto, sin ninguna confusión, cuando nos comunicamos. “Tengo” sabemos que se refiere a quien está hablando y “tienen” a ellos. No sucede así con los idiomas anglosajones, en los cuales el pronombre debe utilizarse pues los verbos tienen conjugaciones muy simples. Entonces voltear las frases es muy sencillo en nuestro idioma –“Se me complicaron las cosas” (en vez de “estoy fregado o confundido”) y “me dio una furia horrorosa” (en vez de “estoy que me lleva el diablo”) – y con ello eliminamos totalmente la responsabilidad de nuestra conducta.

Creo que aquí hay material de interés para los científicos de la mente y el cerebro. Si se comprobara una relación directa entre forma de hablar y comportamiento, comprenderíamos, al menos parcialmente, la facilidad con la cual los latinoamericanos inculpamos a los demás de resultados que deberían ser de nuestra responsabilidad. Y, en cualquier caso, haya o no relación entre el sacaculismo de palabra y el sacaculismo de obra, nada perdemos con empezar a conversar en primera persona del singular, siempre que sea apropiado. Y entonces las cobijas no se nos volverán a pegar, los nervios no volverán a atacarnos, ni las luces se nos volverán a ir. Por supuesto que de vez en cuando nos levantaremos tarde, nos pondremos nerviosos y nos ofuscaremos. Pero el control estará en nuestras manos y no en las de terceros impersonales.

Atlanta, abril 12, 2005

* Ver “Glosario de la ‘irresponsabilidad’ del idioma español

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