¿Es natural la meditación?

Que un rasgo o una función sean naturales significa que están determinados por la naturaleza, esto es, que se producen o presentan como resultado de las solas leyes o fuerzas de la misma y que son resultados de la evolución por selección natural. Para el ser humano son naturales, entre millares de características, la respiración, la alimentación, el lenguaje y el sexo. ¿Es natural la meditación? ¿Le proveyó a algún antepasado nuestro alguna ventaja de supervivencia el hecho de haberse sentado con los ojos cerrados para ponerse a meditar? O, de otra manera, ¿existe alguna mutación genética que indujo a algún homínido a meditar y, al hacerlo, favoreció su conservación como especie? La respuesta es negativa.

Comencemos por definir meditación. Para el Buda, quien sí sugiere que es una expresión de la naturaleza, la meditación es la aplicación del pensamiento para cultivar la serenidad y la sabiduría. Para el doctor Herbert Benson (1935- ), profesor médico de la Universidad de Harvard, la meditación es un ejercicio para apaciguar la mente que requiere de cuatro componentes: (1) un ambiente apacible, (2) una actitud pasiva, (3) una posición cómoda y (4) unos dispositivos mentales en los cuales se sostiene o se rota la atención por un período largo de tiempo (digamos de treinta a sesenta minutos). Los dispositivos mentales más utilizados en la meditación budista son la respiración, las sensaciones físicas de todo tipo y las partes del cuerpo.

No obstante, a pesar de la ausencia de componentes genéticos directos, la actividad mental involucrada en la meditación tiene similitud con la focalización que los ambientes salvajes le imponían a nuestros antepasados lejanos. Ellos eran vegetarianos y fueron presas de otras especies mucho antes de volverse carnívoros y convertirse ellos mismos en depredadores. Solo aquellos individuos que estaban atentos todo el tiempo, tanto a los movimientos de su cuerpo como a las señales de sus sentidos, lograron anticipar los constantes peligros que les acechaban. Fueron estos vigilantes permanentes quienes sobrevivieron lo suficiente para dejar descendencia.

Es fácil especular que en el camino de la selección natural se haya desarrollado una predisposición genética hacia la aplicación “vigilante” de la atención. En tal caso, nuestro cerebro sí tendría una inclinación natural para centrar la atención y existen razones adicionales para pensar que así sea, pues hay placer y satisfacción en el ejercicio de tal predisposición (posible herencia de la complacencia rutinaria de no ser cazado y engullido). Los vestigios de esta capacidad los utilizan en el mundo moderno los practicantes de las numerosas disciplinas de alto riesgo que demandan concentración absoluta en la tarea que se está ejecutando. Abundan los ejemplos: los deportes de alta velocidad, el equilibrismo y la acrobacia a grandes alturas, la tauromaquia, el montañismo en cumbres empinadas y el surfing sobre olas gigantescas. Una desviación mínima de la atención cuando se ejecutan estas faenas es causa cierta de azarosos accidentes; los peligros son enormes, permanentes e inesperados. No obstante, sus practicantes expresan un placer inverosímil en estas experiencias hasta el punto de convertirse en verdaderos adictos a las mismas.

Por otro lado, no hay comparaciones inmediatas que puedan hacerse entre las actividades comunes del hombre antiguo y los largos silencios e inacciones implicados en la meditación. En su quietud mental, el estar dormido (cuando no hay sueños o pesadillas) es la experiencia más cercana al ensimismamiento de la meditación; la frecuencia de las ondas eléctricas cerebrales desciende en ambos casos, pero es mucho más baja durante el sueño que durante la meditación. El grado de consciencia –total en el meditador, casi nulo en el dormilón– hace completamente diferentes las dos experiencias. En cualquier caso, es obvio que los milenios que antecedieron al descubrimiento del fuego y al invento del lenguaje debieron acostumbrar a nuestros prehistóricos antepasados, con un cerebro elemental que apenas pensaba, a permanecer despiertos, a oscuras, muy quietos y muy callados corporal y mentalmente, por millones de largas noches. La razón única de esta última especulación es convencernos de que el sosiego y el silencio de la contemplación meditativa no le son genéticamente extraños al hombre moderno.

Con estas consideraciones en mente, no puede decirse que la meditación –la sugerida por el Buda, la del yoga o cualquiera de sus versiones más recientes– está registrada en nuestra naturaleza. Pero tampoco es apropiado calificar como artificiosas o antinaturales a los ejercicios de la introversión mental, por más rara y exótica que mucha gente considere su práctica.

La meditación no es ni más ni menos natural que la gimnasia o el deporte. Nuestros lejanos ancestros corrían mucho y pensaban poco, caminaban a todas partes y carecían de poltronas, conseguían con gran esfuerzo físico su sustento y no tenían «sitio fijo de trabajo». El hombre moderno aquietó su cuerpo y agitó su mente. Para compensar la inactividad de lo primero, el Homo sapiens inventa el ejercicio con sus múltiples opciones; para aplacar la inquietud intelectual de lo segundo, desarrolla la meditación con sus numerosas variedades.

Atlanta, julio 10, 2008

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