¿Estamos “darwinizando” demasiado?

Es demasiado fácil especular acerca de eventos que dependen de testigos silenciosos (como los animales) o ya inexistentes (como nuestros antepasados de la Edad de Piedra). Esto ocurre con frecuencia en la biología y la psicología evolutivas cuando se trata de respaldar la selección natural con sugerencias imaginativas cuya exactitud no es comprobable. Tales especulaciones no generan ningún beneficio a la ciencia y si, en cambio, pueden distraer las investigaciones formales sobre el tema investigado. Miremos dos noticias que han aparecido en publicaciones serias recientemente.

Una primera hipótesis sostiene que los seres humanos poseemos una capacidad innata para contar. Yo me inclino a pensar que esa capacidad, si en verdad existe, es demasiado limitada. Los idiomas de las culturas más primitivas casi siempre incluyen en su lenguaje solamente los conceptos de uno, dos y varios. Ahí termina su aritmética. Buscando soporte para esta teoría, algunos investigadores que la comparten han sondeado las habilidades “numéricas” de los animales pues cualquier comportamiento que compartamos con ellos ciertamente ha de tener un elevado componente genético. Por ejemplo, los cuervos y los chimpancés pueden llegar a distinguir cantidades de objetos hasta el número seis. Las investigaciones tienen algún sentido pero yo me atrevo a pensar que la habilidad no es común a toda la especie y aparece, con mucha ayuda de la paciencia de los entrenadores, en unos cuantos ejemplares de elevada “inteligencia”.

Hasta aquí mi discrepancia es reducida. Sin embargo, a algunos científicos se les van las manos en sus especulaciones. Resulta que las manadas de leones –las pocas que quedan– dizque arman entre ellas unas batallas verdaderamente campales en las que la banda perdedora resulta diezmada y que, cuando un grupo sabe que otro se acerca, lo enfrenta si es más reducido o se escabulle si es más grande. Karen McComb de la Universidad de Sussex grabó rugidos de muchos leones, combinándolos en cantidades variables, y los hizo sonar por altoparlantes a una distancia sin línea visual, para ser escuchados por manadas de número conocido de felinos. El experimento se efectuó en el Parque Nacional de Serengueti de Tanzania. Los leones, según la doctora McComb, dizque pudieron discernir las “voces” de sus congéneres –el rugido repetido cuatro veces de un mismo león es un león, no cuatro– y “contaron” la cantidad de potenciales invasores. Si era menor que la de su grupo, se preparaban para la pelea; si era mayor, se escurrían “pacíficamente”. La idea, aunque imaginativa, me parece bien traída de… las melenas. ¡AUGHRRRRRR!

La segunda hipótesis para ejercer mi furibundo escepticismo tiene que ver con longevidad. Los Hadza son una pequeña tribu, también de Tanzania, cuyo primitivo estilo de vida se asemeja al que pudieron haber tenido nuestros remotos antepasados cazadores. Por su elementalidad, los Hazda han sido “víctimas” de docenas de investigaciones. Dentro de la cultura Hadza, las parientas mayores, en particular las abuelas, juegan un importante papel en la crianza de los niños.

Estadísticamente está comprobado que la edad promedia de nuestros padres al fallecer es un excelente pronóstico de lo que vamos a durar –la “vejentud” va por familias–.

Pero sugerir, basándose en los estudios de los Hadza, que las prehistóricas abuelas niñeras contribuyeron a la propagación de los genes de larga supervivencia, como lo hace John Hawks de la Universidad de Wisconsin, es realmente aventurado. Según su teoría, los niños sin ancianas que les cuidaran –los de genes de corta duración– no lograban sobrevivir. ¿Sería que no había “baby-sitters” voluntarias ni gorilas que cuidaran “tarzancitos”? ¡BUUAAAAA!

Jerry A. Coyne, biólogo de la Universidad de Chicago, dice que “existe una creciente (y perturbadora) tendencia entre los científicos para ‘darwinizar’ todos los aspectos de la conducta humana, convirtiendo esta práctica en su juego favorito de salón”. Para contrarrestar los desafueros de algunos evolucionistas, el brillante paleontólogo Stephen J. Gould, evolucionista como el que más, sostuvo que la historia de la vida necesita comprenderse no solo como el resultado de fuerzas explicables por la ciencia sino también de circunstancias de la casualidad en las cuales algunos eventos totalmente aleatorios (el asteroide que acabó con los dinosaurios hace 65 millones de años es el mejor ejemplo) pueden cambiar por completo el curso de los acontecimientos.

Está bien que los científicos dejen volar su imaginación y que no se le coloquen amarras innecesarias a la creatividad. Pero no exageremos. Como meditador y darwinista que soy, yo podría sugerir que la meditación permitió a los homínidos quedarse quietos por horas para no ser detectados y devorados por los predadores, generando así una ventaja para la supervivencia. Es entonces lógico que, siendo un comportamiento natural, la meditación se ponga ahora de moda, como está sucediendo, en la sociedad moderna. La hipótesis es creativa, por lo demás, pero ni yo mismo me la creería.

Atlanta, abril 16, 2009

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