La Generación que no Fue

Durante una celebración con mis colegas Ingenieros Químicos de la Universidad Nacional de algún aniversario de nuestra culminación de estudios en 1964, el orador principal se refirió a nosotros –y recibió muchos aplausos– como “una promoción de triunfadores”. Un par de horas más tarde, otro compañero, con más tristeza en el corazón que whiskies en la cabeza, me expresó algo que desentonaba con la alegría de la fiesta. Sus palabras, con intensidad emocional que aún me parece estar escuchando, fueron textualmente: “Nuestra generación fracasó pues le dejamos a nuestros hijos un país menos bueno que aquel que recibimos de nuestros padres”.

Las recriminaciones resultan más crueles en cuanto parezcan más ciertas. Resolví pues identificar la “cronología “ de mi grupo generacional y decidí especular un poco acerca de qué fue lo que mi generación hizo y qué fue lo que dejó de hacer. La conclusión fue tan severa como la frase de mi amigo: Mi generación, desde el punto de vista histórico, fue una generación perdida pues nuestros contemporáneos que iban a marcar rumbos a la Patria, que iban a definirnos en el tiempo y que iban a sacar la cara por nosotros, murieron en estúpidos e ilusos combates con el ejército, fueron ejecutados por una guerrilla que no admitía la inteligencia por encima de la fuerza, o fueron asesinados por los poderosos grupos ilegales del tráfico de drogas.

¿Cuál fue mi razonamiento? Los graduados de 1964 nacimos casi todos entre 1938 y 1943, estudiamos entre 1958 y 1964, e interactuamos con los estudiantes mayores que habían ingresado a las aulas desde mediados de los años cincuenta. Las universidades más reconocidas eran, sin duda alguna, las estatales: la Nacional (la pregunta era cuál era la segunda mejor), la del Valle, la Industrial de Santander, la de Antioquia y quizás alguna otra que olvido en este momento. Tuve amigos en todas ellas. (Los Andes apenas comenzaba y las universidades religiosas eran exclusivamente para los muchachos adinerados que titubeaban para ingresar a las universidades públicas). En aquella época, por motivos que van más allá del alcance de esta nota, a la casi totalidad de los dirigentes estudiantiles les atacó el “sarampión revolucionario” y no ser comunista se volvió sinónimo de retrógrado y reaccionario.

Como los movimientos de izquierda no plantearon una alternativa atractiva a los partidos tradicionales y el Movimiento Revolucionario Liberal se extinguió muy pronto cuando entró a compartir la torta burocrática del Frente Nacional, las guerrillas del ELN y las FARC se convirtieron entonces –equivocada y dolorosamente– en la única alternativa política para los idealistas rebeldes de las universidades del Estado. Y allí se inició un desfile trágico. Entre los años sesenta y los setenta, fueron centenares, si no millares, los muchachos, incluyendo jóvenes ya trabajando y profesores universitarios, que se fueron “para el monte” con el fin de salvar la Patria.

La mayoría de ellos jamás había disparado un fusil y, antes de sucumbir, resistían apenas por escasos meses las inclemencias de la guerra. El caso más doloroso fue el del Padre Camilo Torres, destacado profesor de Sociología en la Universidad Nacional, que murió en el primer combate con el ejército en 1967. Aun recuerdo sus arengas: “El amor al pueblo lo aprendí en el Evangelio” y “no perdamos en escaramuzas lo que podemos ganar en batallas”.

Los que sobrevivían algún tiempo, muy pronto entraban en conflicto con los comandantes guerrilleros que solo entendían la razón de la fuerza y de las armas. Olga Behar narra en “Las Guerras de la Paz” como Aldemar Londoño, mi gran amigo y brillante médico de la Universidad de Antioquia, fue ejecutado por sus propios compañeros de las FARC. Y Jaime Arenas Reyes, otro inteligente dirigente universitario bumangués que, atraído por la alharaca castrista de la Revolución Cubana se había unido al ELN, fue asesinado en los tempranos setenta, algún tiempo después de que desertó de la guerrilla cuando se dio cuenta de que el idealismo revolucionario había degenerado en una banda de delincuencia común.

El drama no paraba de repetirse. Los dirigentes citadinos de izquierda toleraron e instigaron tan absurdo llamado a las armas, con la venia de La Habana, de Pekín y de Moscú. Este irracional proceso, que duró quince o más años, es sin duda alguna una de las más grandes estupideces socio-políticas de la historia colombiana.

La lista de mis allegados, algunos tan cercanos como Aldemar, otros solo conocidos de vista como el Padre Camilo, que tomaron este funesto camino para luego desaparecer, contiene unos quince nombres. Cuando toco este tema en reuniones de contemporáneos, cada asistente tiene su propia relación. Estimo que no menos de mil jóvenes universitarios y profesionales fueron sacrificados. Estos idealistas, realmente desinteresados, que pusieron su vida por delante de lo que ellos desatinadamente consideraron justo, fueron para mí representantes selectos de mi “generación”. Pero como desaparecieron inmolados temprana, insensata e inútilmente, su impacto político en la historia de Colombia resultó nulo, por más que en las notas fúnebres siempre se dijera que su sacrificio no iba a ser en vano.

Es muy fácil divagar sobre el posible impacto de las cosas que podrían haber ocurrido. Tengo, sin embargo, un buen grado de certeza de que entre esos mil jóvenes murió al menos un potencial presidente colombiano. La gráfica adjunta muestra los años de nacimiento de los presidentes colombianos desde el comienzo del Frente Nacional en 1958 versus los años cuando tomaron posesión de su cargo. Entre 1923 (Misael Pastrana y Belisario Betancur ambos nacieron en ese año) y 1947 (cuando nació César Gaviria) ocurre un abrupto salto en las fechas de nacimiento de nuestros gobernantes. Ningún presidente colombiano nació en esos veintidós (veintitrés para ser exactos) años. Solo factores de violencia y crimen pueden explicar esta franja anormal, estadísticamente casi imposible.

Para mala fortuna, el despropósito de la izquierda no fue todo. A la violencia de los guerrilleros le sucedió otra barbarie aún peor, la nefasta del narco-tráfico. Hacia él degeneraron los guerrilleros como parte de su negocio. Y esta maldición también cobró inmisericordemente numerosas vidas entre mis contemporáneos. Las tragedias, por ser más recientes, son aún recordadas por todos. Una de ellas, nunca lamentada con suficiencia y por mucho la más deplorable, fue el asesinato de Luis Carlos Galán, ese otro gigantesco quijote que con certeza marchaba hacía el solio de Bolívar. Solamente las balas del crimen organizado podrían detenerle.

Pero ¿cuánto dura una generación? William Strauss y Neil Howe, autores de varios libros de historia angloamericana, definen “generación” como un grupo de personas nacidas en un período de tiempo de alrededor de veintidós años consecutivos –la duración aproximada de una fase de la vida– que comparten características de personalidad delimitadas por localización, creencias, comportamientos y una afiliación percibida a su rango de edad.

A una generación cronológica dada pertenecen millones de personas. Sin embargo, los que dan las pautas y arrastran son una selecta minoría que puede contarse en los dedos de las manos. Camilo Torres nació en 1929, Aldemar Londoño en 1938, Jaime Arenas en la misma época, y Luis Carlos Galán en 1943. Cuando estos pocos –los nombrados son solo los ejemplos más notables– que podrían habernos definido como generación histórica desaparecen tempranamente, mis contemporáneos y yo dejamos de calificar como grupo para la definición de Strauss y Howe. Nosotros hicimos lo mejor que pudimos. Como profesionales y como ciudadanos, fuimos triunfadores en el sentido “burgués” de la palabra. Pero, por fenómenos más allá de nuestro control –la estupidez disfrazada de izquierdismo y la voracidad del crimen organizado, que acabaron con nuestros sobresalientes–, nos convertimos en una especie de generación perdida o, tal vez mejor, una generación cronológica que no alcanzó a llegar a generación histórica.

Atlanta, abril de 2005

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