La heterosexualidad permanente no es la norma

El estigma de que la homosexualidad es una desviación de las leyes de naturaleza está en sus estertores finales y, una vez más, la investigación científica se constituye en el foro que nos va a dar al veredicto final. Por una parte, la observación cuidadosa del comportamiento de numerosas especies, durante varios años y en diversos ambientes, confirma que el homosexualismo es bastante común entre muchísimos animales. Por la otra, una investigación reciente efectuada en Suecia indica que nuestra predilección sexual parece tener poco que ver con nuestro sexo, con la F o con la M que aparecen en nuestro documento de identificación.

Por el lado de los animales abunda más la bisexualidad que la homosexualidad exclusiva y, en algunas especies, predomina una libertina complacencia sexual con propósitos muy diferentes a los estrictamente reproductivos. El campeón del asunto es el chimpancé pigmeo o bonobo ¡ojo con la siguiente frase que subrayo! que es nuestro pariente más cercano genética y culturalmente hablando. En su caso, los lujuriosos no son unos cuantos ejemplares aislados sino la absoluta totalidad de los simpáticos monitos, el ciento por ciento de la población bonoba. Todos los chimpancés pigmeos son digamos que multisexuales y multimodales. Frans de Waal, el reconocido primatólogo holandés de la Universidad de Emory en Atlanta, sostiene que nuestro pequeño primo, además de ser un desenfrenado libidinoso que practica múltiples formas de satisfacción sexual –el componente genético animal–, puede llegar a demostrar altruismo, compasión, empatía, amabilidad, paciencia y sensibilidad –el componente cultural humano–. Es más: Los bonobos utilizan las relaciones sexuales como medio para facilitar la resolución de conflictos y como rutina de las reconciliaciones. ¿No habrá aquí algo para que aprendan los diplomáticos y las diplomáticas? ¿O será que en el pasado remoto así éramos, eróticos y carnales, y durante la evolución nos volvimos recatados y reprimidos?

Pero la lujuria no aparece solo en los bonobos y en los pecados capitales. Los biólogos y los zoólogos –los chismosos de la naturaleza– han identificado no menos de mil quinientas especies que en uno u otro momento de su existencia han sostenido, machos y hembras por igual, relaciones homosexuales. En la lista aparecen el león aguerrido y la ballena asesina –quien lo pensara– además del delfín que, como bien lo sabemos, es otra de las especies de inteligencia sobresaliente. La clase de las aves tampoco es la excepción. El cinco por ciento de los patos y de los gansos son homosexuales a lo largo de toda su vida. Y hay gansas y p…atas –imagínense lo sinvergüenzas– que, para continuar con su vida licenciosa, ponen sus huevos en los nidos de las parejas gays para que éstas se encarguen de empollarles y criarles sus gansitos y patitos (crianza que dizque hacen mejor y con más cuidado que las mismas parejas heterosexuales). Si el homosexualismo estuviera por fuera de la naturaleza no se presentaría nunca o ocurriría solo excepcionalmente en las especies animales ¿no les parece?

Vamos ahora al Homo sapiens, al rey de la creación que parece dispuesto a acabar con los animales de su reino (del reino animal). Un estudio reciente liderado por Ivanka Savic y Per Lindström del Instituto Karolinska de Estocolmo y con la participación de noventa saludables adultos, hombres y mujeres, homosexuales y heterosexuales, llegó a unas conclusiones que, de acuerdo con doctor Qazi Rahman de la Universidad de Londres, zanjan de una vez por todas (o, por lo menos, hasta el próximo estudio) la discusión sobre la naturalidad o anormalidad de la homosexualidad. La conclusión, en pocas palabras, es que si su cerebro es simétrico, es decir, sus hemisferios cerebrales son del mismo tamaño, a usted le atraen los hombres; si su hemisferio cerebral derecho es un poco más grande que el izquierdo, esto es que su cerebro es ligeramente desigual y desbalanceado, a usted le gustan las mujeres. Nada tiene que ver con que usted sea hembra o macho, tenga vagina o pene, tenga senos o carezca de ellos. La proporción de lo que está en su cráneo desde que estaba en el vientre de su mamá es el factor determinante del sexo que a usted le va a atraer. Dice el científico inglés “si usted es gay es porque usted nació gay”. Y punto.

Aparte de que las mediciones suecas corroboran que el cerebro masculino es más grande que el femenino (cosa que se sabe desde hace siglos; las feministas dicen simplemente que los hombres somos más grandes y cabezones pero nunca más reflexivos ni inteligentes) y de que el cerebro de las mujeres gays es más grande que el cerebro de las mujeres heterosexuales (hecho notable sobre el cual la investigación se queda curiosamente callada), el estudio no menciona conclusiones adicionales. Pero entre los observadores del comportamiento animal y los medidores suecos de cerebros nos dejan claro que la biología y la anatomía respaldan definitivamente la naturalidad y la libertad de la orientación sexual.

Hay sin embargo detalles que no aparecen en el informe del Instituto Karolinska y que a mí me dejan abiertas algunas preguntas. ¿Se percibe así, a simple vista, sin necesidad de instrumentos sofisticados, esta curiosa asimetría encefálica? Por pesarles un poco más un hemisferio que el otro ¿se le inclina un poco la cabeza a los desigualados? ¿Se nota la diferencia al tacto? Porque, de ser así, miraré con detenimiento y anterioridad a todas mis posibles conquistas y, la próxima vez que alguna perspectiva “exitosa” me esté acariciando la cabeza, me va a entrar siempre la sospecha de que su mano no está siendo desinteresadamente cariñosa conmigo. Una de dos, o mi candidata sexual es parte de otro grupo académico de investigación y está tomando registros o ella está solo averiguando por cuál lado de la carretera transito yo.

Atlanta, mayo 5, 2008

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