La maza y la cantera

Me gustó “La maza” de Silvio Rodríguez, la famosa canción cubana con aire de chacarera argentina, desde cuando la escuché por primera vez que en los tempranos ochenta. Siempre supe que, detrás de tanta música, sus versos ostentosos –un testaferro del traidor de los aplausos, un servidor de pasado en copa nueva, júbilo hervido con trapo y lentejuela– tenían que esconder un recóndito significado que, a pesar de lo me inquietaba y atraía, no lograba descifrar.

Mi ignorancia era bien compartida por muchos. Especulé con numerosos amigos que la cantera representaba al capitalista explotador y la maza, pariente cercana de la hoz y del martillo, tenía que ser el trabajador explotado. No obstante, con tan marxista interpretación, más del comunismo de Silvio y de Cuba que de la letra de la canción, las metáforas carecían de sentido alguno. Mis dudas duraron años y solo se aclararon recientemente. En una entrevista que concedió a la revista chilena “La bicicleta” en 1984 (gracias Google) explicó el mismo Silvio Rodríguez: “La maza es un poco la razón de ser artista, de su compromiso, que no se deja seducir por los artificios y superficialidades que suelen acompañar a algunas manifestaciones escénicas. La cantera es de donde se sacan los cantos, la maza es con lo que se golpea. Si no hubiera una cantera de donde sacar un producto ¿para qué serviría la maza?”

En el poema el cantante confiesa su profundo anhelo de creer; sus creencias –sus ideales, sus valores, sus expectativas– conforman la cantera, la veta de donde ha de salir su canto: “Si no creyera en la balanza, en la razón del equilibrio, si no creyera en el delirio, si no creyera en la esperanza…” El artista es entonces la maza; sin sus creencias no tendría en qué inspirarse y la maza sería tan solo un conjunto deforme de agregados orgánicos (un amasijo hecho de cuerdas y tendones, un revoltijo de carne con madera), una especie de maniquí mecánico (un instrumento sin mejores resplandores), un repetidor de conductas condicionadas (un servidor de pasado en copa nueva).

El verbo “creer” tiene dos acepciones contrapuestas. En la primera, la de la espiritualidad teológica, creer es dar firme fe a las verdades reveladas por Dios. Por aquí definitivamente no anda el camarada poeta; él no quiere ni aspira ser el “eternizador de los dioses del ocaso”. En la segunda, la de la espiritualidad atea, la que define Jaron Lanier como “nuestra relación emocional con las preguntas que no tienen respuesta”, creer es tener por cierto algo que el entendimiento no alcanza a comprender. Aquí caben las hipótesis sobre todos los misterios. Si encadenamos sucesivamente los interrogatorios de la curiosidad humana con los consiguientes hallazgos de la ciencia, al final siempre llegaremos a una esquina sin salida, a una pregunta sin respuesta. Nunca entenderemos completamente. En los contrastes de la vida terrenal –lo más duro y la esperanza, el deseo y el algo puro, el sonido y el silencio, el trino y la pavura, el equilibrio y la locura– enmarca muy bien la espiritualidad atea, la espiritualidad moderna, la de Silvio Rodríguez. (Vale la pena anotar que el comunismo y el socialismo son religiones “que no se atreven a decir su nombre”).

Los poetas soñadores con su idealismo se aproximan más a la maravilla indefinible de la naturaleza que nosotros los racionales con nuestra lógica recalcitrante: Ellos, los poetas, cuando no logran fotografiar la realidad, prefieren entonces dibujarla. A través de metáforas y parábolas, los artistas pintan mejor los paisajes etéreos de lo incomprensible. Y allí quedan delineados los mitos y los hechos, los sueños y las realidades, lo especulativo y lo empírico. Con estos dibujos figurados quizás no llegamos a la verdad última pero sí nos acercamos a lo bello y lo sublime. Entre una espiritualidad que no es teísta y un materialismo que reconoce la imposibilidad de explicar todos los fenómenos de la naturaleza, allí “creo” que se encuentra la cantera de esa maza creadora –y creedora– que es Silvio Rodríguez.

Atlanta, enero 21 de 2009

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