La octava forma de inteligencia

Howard Gardner, psicólogo de la Universidad de Harvard, define inteligencia como “el potencial para procesar información con el propósito de resolver problemas o crear productos que sean de valor en una cultura”. Como resultado de sus investigaciones sobre el tema, Gardner publicó en 1983 su entonces célebre teoría de las inteligencias múltiples, según la cual existen siete formas diferentes de esa tan humana característica. Por supuesto que con puntos comunes entre ellas, cada inteligencia se manifiesta de manera diferente; una persona puede ser sobresaliente en una o más de las formas, inferior en otra de ellas, y bien del montón en las restantes. De acuerdo con su manera de expresarse, Gardner denominó a estas siete variantes como (1) verbal, (2) lógico-matemática, (3) musical, (4) corporal, (5) espacial, (6) interpersonal (la comprensión de las motivaciones ajenas) y (7) intrapersonal o introspectiva (la comprensión propia).

Varios años después el mismo Gardner consideró que en su propuesta original no tenían cabida inmediata ciertos talentos brillantes como los de Carl von Linneo (botánico), Charles Darwin (biólogo), Stephen J. Gould (paleontólogo) o Edward Wilson (entomólogo), todos ellos cuatro dedicados investigadores de los organismos vivientes. En 1998, tras una cuidadosa revisión de su teoría, el psicólogo adicionó a su lista la que denominó inteligencia naturalista y definió como “la capacidad para identificar y clasificar los componentes del entorno”. En mi interpretación, la sabiduría de Siddhattha Gotama, el Buda, es una clara expresión de esta inteligencia naturalista.

La teoría de las inteligencias múltiples ha sido muy controvertida y buena parte del mundo académico la considera hoy de valor limitado. Admiro en Gardner su coraje para intentar clasificar una cosa tan difusa como la inteligencia. No obstante sus contradictores, el planteamiento me gusta porque, entre otras razones, permite reconocer como inteligencias sobresalientes las habilidades corporales, musicales y espaciales de muchos bailarines, cantantes y deportistas cuyos estilos de vida, medidos con estándares más corrientes de comportamiento, conducen a que tales personas sean frecuentemente juzgadas como insensatas o torpes.

Volvamos ahora a la inteligencia naturalista de Siddhattha Gotama. Las Enseñanzas del Buda son el fruto de las continuas observaciones de su entorno físico y mental, gracias a las cuales llega a conclusiones similares a las que las ciencias naturales y sociales confirmarían muchos siglos después. Las Enseñanzas del ilustre sabio establecen postulados tales como la transitoriedad e inestabilidad de todo lo existente, el papel de los apegos y las aversiones en nuestra conducta, la naturaleza ilusoria del sentido de identidad, la inexistencia de entes metafísicos asociados a los seres vivos, la unidad inseparable de mente y cuerpo, y la naturaleza humana de la moral, que hoy son de aceptación generalizada en el mundo científico. Adicionalmente, en el reconocimiento de la realidad del sufrimiento –el estrés, la ansiedad, la angustia– el Buda se anticipa veinticuatro siglos al filósofo norteamericano Henry David Thoreau cuando éste concluye que “la gran mayoría de los seres humanos viven vidas de tranquila desesperación”.

Es notable en la propuesta de las Enseñanzas el hecho de que para su desarrollo el Buda no dispone de equipos, bibliotecas, universidades o centros de investigación. Las Enseñanzas preceden al método científico. Al igual que los naturalistas que describe Howard Gardner, Gotama detecta patrones de organización y comportamiento en comunidades de organismos vivos; sin embargo, para él la comunidad es la misma sociedad humana en la cual él se desenvuelve y los organismos observados son su propia condición y sus propios contemporáneos.

Es posible que la teoría de las inteligencias múltiples se desvanezca del mundo académico; es más, es improbable, dado lo abstractas y recónditas que son nuestras funciones mentales, que propuesta alguna sobre la clasificación de las inteligencias llegue a alcanzar aceptación universal. Pero, tal como la define Gardner, la inteligencia naturalista del Buda será cada vez más reconocida y apreciada por las ciencias cognitivas. El vocablo oriental que identifica a las Enseñanzas del Buda (dhamma en el idioma pali, dharma en sánscrito) es el concepto más importante del budismo. No es pues sorpresivo, entonces, que en las traducciones occidentales de tal vocablo figuren justamente las expresiones “ley natural” y “orden natural” como sus más significativos sinónimos.

Atlanta, noviembre 10, 2009

Compartir

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *