Las cuatro aproximaciones a la inmortalidad

Los seres humanos poseemos dos identidades en conflicto: una física, que bien sabemos desaparece, y una simbólica, que aspira a ser eterna. Nuestra identidad simbólica -etérea, sutil, viajera imaginativa en el espacio y en el tiempo- sabe bien que su paralelo cuerpo material se va a extinguir, pero se rehúsa a aceptar para ella misma tan fúnebre destino.

Para no enloquecernos con la paradoja de nuestra doble identidad, los humanos resolvimos inventarnos la inmortalidad y, con el fin de alcanzarla, según el filósofo británico Stephen Cave, desarrollamos a través de los siglos cuatro narrativas o aproximaciones.

La primera narrativa, que apunta hacia un cuerpo físico que no se acabe, tuvo su esplendor en la Edad Media; por sus fracasos continuados, sin embargo, ha venido de capa caída. En esta aproximación figuran los elixires de los alquimistas para alejar la muerte y las fuentes mágicas para retornar a la juventud.

La segunda y la tercera opciones, las más antiguas, me parecen equivalentes; ambas proponen la existencia de un algo metafísico que sobrevive a nuestra desaparición material. En la segunda opción (la judeocristiana), esta esencia sutil resucita en la propia carne del dueño original al final de los tiempos; en el tercer relato el ente sutil reencarna en otro ser (la hinduista) o renace como consciencia energética en otro cuerpo (la budista). Las variaciones de estas narrativas son el origen de las distintas religiones y en cada una de ellas hay un juez o un código de conducta que determina nuestro siguiente destino. Según el antropólogo norteamericano Ernest Becker, todas las religiones son proyectos de inmortalidad.

La cuarta posibilidad de ser imperecederos la conforman el heroísmo y los logros excepcionales que nos han de eternizar en estatuas, placas conmemorativas, libros de historia o similares. Así nuestro cuerpo muera, “sus obras vivirán para siempre en el corazón de los seres agradecidos”. ¿Han escuchado frases parecidas en algún sepelio?

En los años recientes, la ciencia le está dando un nuevo aire a la tan decaída primera opción de cuerpo eterno. A través de la medicinas preventivas y curativas, la nutrición selectiva, los suplementos alimenticios y los tratamientos hormonales, entre otras prácticas, hay ya éxitos parciales para mostrar, así los resultados no sean todavía perdurables. El aumento de los promedios de vida en todos los países es un hecho innegable y las personas centenarias son cada vez más comunes.

Las mayores expectativas del estiramiento de la existencia se encuentran ahora en las manipulaciones genéticas. Con la nanotecnología a nivel molecular, los científicos van a ser capaces de alterar los genes específicos que están asociados al envejecimiento. Jugando con ratoncitos de laboratorio, los investigadores ya han logrado prolongarles su expectativa de vida más allá de un veinte por ciento.

Woody Allen, el famoso actor y director de cine, rechaza la alternativa de eternidad a través del legado histórico. En una de sus frases célebres, el humorista se inclina por lo que ya están logrando con los ratones: “No deseo ser inmortal a través de mis obras; yo quiero ser inmortal no muriendo”.

Yo me permito sugerirle a Woody que se cambie a uno de los otros tres relatos. Primero, porque fama ya tiene y será “inmortal”, al menos por muchos años. Segundo, porque pasarán por lo menos dos generaciones antes del perfeccionamiento de las manipulaciones genéticas en los roedores y su consecuente afinación en los seres humanos; esta eternización no nos tocará a los viejos actuales. Y tercero, porque como las alternativas metafísicas son las favoritas y tienen la más abundante clientela, con una de ellas estará, al menos mientras viva, del lado de la mayoría.

Londres, febrero 2, 2010

Compartir

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *