Los excrementos son cosa seria

Cosa seria y preocupante. Por eso utilizo en el título de este artículo la palabra más refinada que existe en el español para denominar, de acuerdo con el Diccionario de la Lengua, a los “residuos del alimento que, después de hecha la digestión, despide el cuerpo por el ano”. Y no es que los diversos sinónimos del vocablo, casi todos de uso común, no sean castizos; por el contrario, ellos son utilizados generosamente por los más refinados escritores del habla castellana. A pesar de ello, el común de las gentes y las normas de urbanidad los consideran vulgares, de mal gusto y, por supuesto, risibles.

¿Por qué el asunto es cosa tan seria? Bueno, es tan grave que el tema dio material suficiente para un libro en inglés de 304 páginas –La necesidad mayor: El incomunicable mundo de los desechos humanos y por qué son importantes– que acaba de publicar la periodista inglesa Rose George. Según la autora, que recorrió medio mundo buscando (¿husmeando?) información, dos de cada cinco habitantes en el planeta carecen de un sanitario para sus necesidades inaplazables. Y por sanitario, ella no habla de los cómodos equipos utilizados por los refinados traseros de las clases ricas de la Tierra (ellas, sin importar presupuestos, acomodan sus asientos tanto a la forma sofisticada de sus posteriores como a sus caprichos más extravagantes). Tampoco se refiere a las tazas, unas veces limpias, otras no tanto, que la mayoría de los seres humanos utilizamos. No, Rose no aspira a tanto. Los paupérrimos del mundo –dos mil seiscientos millones– no “disponen” para “deponer” sus residuos ni de una subdesarrollada letrina, ni de una bacinilla portátil, ni siquiera de una caja. ¿Y saben qué? “Un gramo de heces,” escribe la George, “puede contener diez millones de de virus, un millón de bacterias, mil quistes de parásitos y cien huevos de larvas”. (¿Cómo harán para contarlos?) No se necesita mucho cerebro para reconocer las implicaciones negativas de tan lamentable situación.

Desafortunadamente los desperdicios humanos –sólidos, líquidos y gaseosos– siempre han sido material de humor. El mismo libro de Rose tiene información para c… de la risa. El humano promedio produce cuarenta kilogramos de excremento sólido (medio “yo” se va por el inodoro cada doce meses) y cinco mil litros de orines por año (sin incluir a los bebedores de cerveza de Colombia). Por el lado positivo, en las materias fecales, además de porquería, hay muchos elementos útiles. Los residuos digestivos pueden también ser fuentes de energía y de materias primas para medicinas y alimentos. Aparentemente Martín Lutero se comía diariamente una cucharada de su propio producto. (Ello claramente explica la m… que hablan algunos de los pastores protestantes norteamericanos). Quince millones de unidades de vivienda en China reciben electricidad de combustibles fecales y una fracción importante de los abonos proviene de lo que los mismos chinos producen sin mucho esfuerzo. (¡Por Dios, lo que estamos desperdiciando! ¿Será esta la causa real de la extraordinaria productividad de los amarillos? Porque mil trescientos millones de chinos en el sanitario han de ser una fuente inagotable de recursos; una epidemia de estreñimiento en China resultaría gravísima para la economía nacional. Por otra parte, ¿se imaginan todo lo que se podría hacer con el producto de lo que hablan los políticos y los locutores de todos los países del planeta? Hugo Chávez, él solito, sería una fábrica de proporciones gigantescas).

Lamentablemente la sola discusión de un tema tan fétido causa hilaridad (esta nota pretende ser simultáneamente informativa y humorística). El asunto es, en verdad, serio. Mueren más personas diariamente como resultado de las deprimentes condiciones sanitarias del Tercer Mundo que de los aterrorizantes conflictos bélicos a los cuales, por supuesto, se les dedica más atención. Imagínense: si tan solo fabricáramos más sanitarios y menos fusiles. Pero confiemos que, después de chistes y carcajadas, todos le demos importancia a un tema tan… ¿Desagradable? ¿Crítico? ¿Repulsivo? Para ser optimistas, el humor siempre ha sido una de las formas más efectivas de la comunicación. Así que murámonos de la risa inicialmente (¡ojo que no escribo c… de la risa!) pero esperemos que el libro de Rose George produzca, después de las burlas, los efectos de concientización universal que, con la mejor intención, busca la escritora inglesa.

Atlanta, noviembre 1, 2008

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