Los genios también creen en brujas

En pleno tercer milenio abundan aún los creyentes en brujas; su número es lo suficientemente elevado como para cuestionar la misma sanidad mental de la sociedad contemporánea. Las hechiceras modernas, sin embargo, ya no son de escoba voladora y sombrero puntudo; las nuevas brujas se presentan ahora con los variados disfraces del espiritismo, los ángeles, la adivinación, la astrología… La diversidad de trajes es grande y creciente.

Los seguidores de cada superstición escudan su candidez, entre otros argumentos, en la afiliación que grandes genios han tenido a sus correspondientes creencias. Dicen, por ejemplo, que “si cierta persona tan inteligente cree en la percepción extrasensorial, pues ésta ha de ser real”. La segunda parte de este cuento –la de los genios ingenuos– es innegable; los hay y muchos. La primera –la de brujas, brujerías y aledañas– es falsa; éstas son, han sido y siempre serán mitos e imaginación.

Son muchos los casos de mentes brillantes con creencias opacas. El psiquiatra suizo Carl Jung creía en la astrología; el naturalista inglés Alfred Russell Wallace pasó sus últimos años intentando comunicarse con los muertos; el astrónomo alemán Johannes Kepler se ganaba la vida haciendo horóscopos; el físico inglés Isaac Newton pensaba que los planetas necesitaban de vez en cuando empujones de los ángeles para seguir su rotación y no sucumbir a la atracción del sol.

Me centro ahora en Sir Isaac Newton. Este cuento de los empujoncitos angelicales en un cerebro tan excepcional suena increíble; me atrevo a pensar que puede ser apócrifo. Sin embargo, sí es auténtico –y existen más de cien manuscritos suyos que lo confirman– que el gran matemático trabajó con la alquimia durante buena parte de su vida. La alquimia es una práctica milenaria que cree, entre otras cosas, en la conversión en oro de metales ordinarios como el hierro y el plomo. Los escritos de Newton sugieren que uno de los principales objetivos con su práctica era el descubrimiento de la piedra filosofal, un material que supuestamente podría hacer realidad el sueño alquímico.

En las biografías de Newton consta que el sabio sufrió trastornos mentales durante sus “aureófilas” investigaciones; según los alquimistas, estas alteraciones fueron simples extensiones psíquicas de la transmutación material que estaba ocurriendo. Otros biógrafos, sin embargo, especulan que las alteraciones nerviosas fueron más bien producto de una intoxicación con mercurio o con otra de las sustancias utilizadas en sus experimentos. (Debió ser en esa época de éxtasis químicos que el matemático vio a los angelitos empujando a los planetas).

Resulta increíble que todo lo anterior, repito, haya ocurrido en la cabeza del padre de la física moderna. Con humorística ironía el economista británico John Maynard Keynes dijo que Newton “no fue el primer exponente de la era de la razón sino que el último de la era de los magos”. De hecho, en las décadas que siguieron a la muerte de Newton, la fabricación sintética del oro, que los alquimistas consideraban factible hasta entonces, se convirtió en una curiosidad histórica. No obstante su despropósito, la historia de la ciencia reconoce que la alquimia contribuyó indirectamente a importantes desarrollos de la naciente química de entonces; tales avances incluyen el conocimiento de la composición de muchas sustancias por síntesis y análisis y la fabricación en el laboratorio de diversos materiales como pigmentos y porcelanas.

¿Cómo se interpretan desatinos de tal magnitud en una mente tan lúcida? No hay duda que la cultura prevaleciente contagia con sus ideas, buenas y malas, a los pensadores de cada tiempo; la alquimia era erudición en la época y Newton no se escapó de su influencia. La explicación más clara, sin embargo, proviene de la ausencia de rigor en la investigación de entonces; Newton y sus contemporáneos estaban apenas empezando a construir la estructura de la ciencia, aún infantil en los siglos XVII y XVIII.

El método científico –el proceso por el cual los investigadores, colectivamente y sin afanes de tiempo, buscan construir una representación exacta, confiable y consistente del mundo– tiene menos de ochenta años; no existe todavía unanimidad académica en cuanto a sus alcances y sus procedimientos completos. Si el gran sabio y sus contemporáneos hubieran estado familiarizados con conceptos tan sencillos como la “revisión por pares”, la “falsificabilidad de una teoría” o los “ensayos a doble ciego”, seguramente los experimentos alquimistas del descubridor de la ley de la gravedad no se hubieran efectuado.

Todo parece indicar que en el más allá Isaac está muy arrepentido y muy avergonzado de sus alquimistas metidas de pata… Eso fue al menos lo que me contó confidencialmente un médium que logró hacer contacto con el alma del genio.

Atlanta, septiembre 8, 2014

Compartir

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *