Los grandes cambios del cosmos

Tres revoluciones dramáticas marcan la historia del cosmos. El primer gran cambio fue la formación misma de toda la materia y la energía del actual universo; el segundo fue la aparición de la vida en este planeta Tierra perdido en la inmensidad del cosmos; el tercero corresponde a la evolución de la consciencia en unas pocas especies vivas del mismo planeta y de las cuales, al final de las cuentas, sólo sobrevive una.

En los remotos inicios parece que sólo había un micro fragmento de un algo con densidad y energía infinitas; los términos “antes, después, aquí, allá” carecían de significado entonces y, por supuesto, no había quien los pensara o pronunciara. De repente ese fragmento estalló y surgió todo; 13.500 millones de años han transcurrido desde esa detonación. Tan estruendoso evento, la primera noticia que nadie registró (no hubo gritos de “¡extra, extra, acaba de crearse el universo!”) se conoce como la gran explosión –el big bang–. De forma inexplicable, todas las partículas elementales que componen la materia existente (incluyendo las que conforman cada una de las moléculas de su cuerpo y del mío) ya se encontraban en ese minúsculo punto que explotó. El big bang fue la primera y la más extraordinaria de las tres transformaciones; de ese “casi nada” resultó absolutamente todo. Y allí se engendró el campo de acción de las ciencias físicas.

Diez mil millones de años después sobre nuestro pequeño planeta ocurre un segundo evento espectacular. Tras una fortuita combinación de colisiones, emulsiones y reacciones moleculares en las profundidades de algún océano, se forma una cadena nueva de compuestos para la que rige un conjunto diferente de leyes. Tan inverosímil combinación molecular, inverosímil tanto por las remotísimas posibilidades de que se hubiera producido como por sus extraordinarias y extrañas propiedades, es capaz de captar materiales a su alrededor, manipularlos de alguna forma y generar con ellos copias exactas de sí misma. Ninguna cadena molecular entre sus antecesoras o entre sus contemporáneas había poseído tan extraña habilidad; sus trillones de trillones de trillones… de descendientes, en cambio, siempre la tendrían. “Replicadores” es el nombre que el biólogo evolutivo inglés Richard Dawkins (1941- ) le asigna a estas moléculas. El replicador inicial es la chispa que enciende la llama de la vida y de esa rara molécula descendemos todos los seres vivos. Ese excepcional momento, que yo denomino el bio bang, es la segunda gran transformación. En aquel instante se vislumbró y comenzó a crecer el territorio de las ciencias biológicas.

La tercera gran transformación, el desarrollo de la consciencia, no obró ni estrepitosa ni instantáneamente; este cambio fue, por el contrario, parsimonioso y discontinuo, respondiendo a los saltos esporádicos de las mutaciones y las adaptaciones genéticas que favorecieron la supervivencia de nuestros antepasados homínidos. Hace unos ochocientos mil años el tamaño del cerebro de nuestros ancestros comenzó a crecer de manera acelerada y muchos milenios después, hace unos doscientos mil años, nació y creció el primer Homo sapiens de quien todos descendemos. Y allí quedó lista la materia prima para las ciencias cognitivas.

La inteligencia de esta nueva especie nos ha permitido investigar en los años recientes los eventos que ocurrieron con anterioridad a su aparición. Ya sabemos con un buen grado de precisión cuándo nació el universo, cuándo emergió la vida y cuándo apareció el Homo sapiens. Pero ¿si había universo cuando no había consciencia?

La pregunta, entre ingenua y absurda a primera vista, tiene algún respaldo en dos hechos reales. El primero es la estrecha relación que existe entre el observador y las cosas observadas; si un objeto nunca ha sido mirado por alguien (y lo que ya desapareció no puede mirarse), no hay ninguna razón categórica para decir que en realidad existe. El segundo, comprobado por la mecánica cuántica, es la naturaleza confusa de las partículas subatómicas cuyas propiedades sólo se manifiestan cuando alguien las mide. Antes de hacerlo –antes de mirarlas– esas propiedades sólo son dizque curvas de probabilidad sin ningún valor predeterminado.

Puedo fácilmente simpatizar con la idea que lo que nadie ha visto en realidad no existe. ¿Existían el universo y la vida antes de que alguien tuviera consciencia de ellos? Desde mi perspectiva, el universo y la vida comenzaron cuando yo principié a adquirir mi propia consciencia y aprendí a diferenciar entre mi “interior” observador y un “exterior” observado; fue un proceso lento de varios años (muy distinto a mis despertares diarios en la vida adulta). Y, también desde mi perspectiva, el universo y la vida –mi universo y mi vida– se extinguirán bien sea cuando sucumba mi cuerpo a los estragos del tiempo o la violencia, o cuando se desvanezca mi consciencia por deterioro cerebral… Lo que ocurra primero.

Atlanta, agosto 15, 2010

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