Mi temor a una muerte lenta

“Ven, muerte, tan escondida que no te sienta venir”. Esta frase, atribuida a varios autores de los siglos XVI y XVII, bien expresa mi miedo a esas ‘muertes lentas’ que afligen a tantas personas en sus últimos años, y que también angustian la vida de los bondadosos que se encargan de cuidarlas.

Mi deseo refleja un optimismo idealista: Yo quisiera vivir largo, pero morir rápido. La realidad demográfica, sin embargo, está disminuyendo los chances de que los años finales de mi existencia, sean… conscientes: Entre 1970 y 2010, la expectativa de vida de los humanos aumentó en 11.6 años (de 58.0 a 69.6); muchas de las enfermedades que nos ‘mataban’ antes de la década de los setenta han sido controladas o eliminadas, y otras ‘nuevas’ se han ‘puesto de moda’.

¿Quiénes fueron los primeros en escribir su súplica a la muerte para que esta se los llevara a la traición? Hacia finales del siglo XX, cuando por primera vez le hice la pregunta a Google, ‘recién nacido’ entonces, respondió que el creador de ‘mi ruego’ había sido Calderón de la Barca, escritor español del siglo XVII.

Ahora, al repetirle el interrogante, el cada día más ‘instruido’ motor de búsqueda se corrige diciendo que la célebre frase apareció décadas antes, tanto en un texto de Lope de Vega como en el Quijote de la Mancha. La cita en cuestión, sin embargo, parece haber sido cien años anterior a la obra magna de Cervantes y pertenece al Comendador Escrivá, un incógnito poeta valenciano, hoy aceptado como su ‘autor oficial”.

Este columnista se siente súper-complacido de que su desasosiego vivencial haya sido compartido, casi medio milenio atrás, por varios de los grandes de la literatura española. No obstante, como consecuencia de la longevidad creciente de los humanos, al deseo de una muerte traicionera y rápida le ha aparecido un ‘enemigo’ mucho más complicado.

Recuerdo que, en mi época de niñez y adolescencia, era frecuente que personas, en sus cincuenta o tempranos sesenta, murieran dizque de un ‘síncope’. Hoy nadie fallece de tal complicación y síncope está redefinido como “una pérdida pasajera del conocimiento, con paralización momentánea del corazón, cuya recuperación es espontánea”.

Los progresos de la medicina preventiva, la consciencia creciente de la responsabilidad que cada persona tiene sobre su salud y la amplia gama de drogas correctivas existentes para muchas enfermedades… Nos están estirando la vida y alejándonos la muerte.

En consecuencia, la longevidad va en alza acelerada, abriéndole la puerta a las complejas perturbaciones mentales de las edades mayores. Entre estas, el Alzheimer, el mal más aterrador, representa el setenta por ciento de los casos de demencia. Como es obvio,  a estas personas mayores, atacadas por las lentas enfermedades mentales… La muerte no les llega tan escondida.

El acelerado aumento de la frecuencia en los casos de Alzheimer y de las otras formas de demencia me está disminuyendo mis probabilidades de que, cuando la parca venga por mí, me acabe con ‘cero’ sufrimiento.

Poco se sabe de las causas del Alzheimer y menos aún de su tratamiento. Cuando al biólogo James Watson, codescubridor de la estructura del ADN y Premio Nobel de Medicina, le completaron su código genético, hace ya varios años, él solicitó expresamente que no se publicara en su evaluación la presencia o ausencia de un gen específico, asociado con tan terrible mal. “No quiero conocer ese resultado”, dijo en una entrevista. “Si fuera ‘positivo’, consideraría seriamente el suicidio”.

Aunque ya he firmado mi solicitud para desconectar apoyos artificiales, en caso de llegar a sufrir de enfermedades graves e incurables, no creo ser capaz de suicidarme. Tengo aún pendiente el registro legal de mi intención de eutanasia, cuando mi caso sea irremediablemente perdido, y pronto completaré tal formalismo.

El Alzheimer es una forma muy cruel de sufrir sin saberlo y, en su fase avanzada, los pacientes descienden a niveles bajos o nulos de consciencia. En sus comienzos, sin embargo, los enfermos posiblemente saben lo que les está sucediendo y para ellos es claro que la muerte no los acabará por la espalda. En mi caso, ni el suicidio ni la resignación me resultan viables. Entonces, no me queda más que implorar, ahora que todavía estoy cuerdo: Destino, mándame una muerte tan escondida, que no la sienta venir. Lo hago a sabiendas de que el ‘destino’ es sordo.

Bogotá, Agosto 9, 2019

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