Moral y moralidad son asuntos estrictamente humanos

Si no existiera un Ser Superior, sostienen los teístas, no habría moralidad, reinaría el libertinaje y seríamos iguales a los animales. “No todo es lícito, luego Dios existe”, sugiere Dostoievski. Yo disiento: La Divinidad y la moralidad son conceptos independientes.

Dios no es el barbudo castigador que creó el mundo hace seis mil años sino el Orden Universal eterno que regula todo sin intervenir en nada; la moral –el estudio del bien, en general, y de nuestras acciones, en lo que respecta a su bondad o maldad– y la moralidad –la conformidad de una acción con los preceptos de la moral–, por lo tanto, son asuntos estrictamente humanos en los cuales Dios no se entromete.

Veámoslo de esta manera: Es más recto –más moral– actuar bien y evitar el mal por la bondad o la maldad intrínseca de las acciones terrenales que por la búsqueda de una celestial recompensa o por el temor de un infernal castigo. “Debemos ser honestos porque ser honestos es lo correcto”, dijo alguna vez Martin Luther King, el líder norteamericano de los derechos civiles.

En el entendimiento de la moralidad como un asunto humano coinciden el pensamiento contemporáneo de las ciencias evolutivas y el pensamiento milenario de las Enseñanzas del Buda. De acuerdo con las ciencias evolutivas, el comportamiento moral es un desarrollo cultural, apoyado en los genes, que favorece la supervivencia de los grupos y, por consiguiente, apoya también la supervivencia del individuo.

Los primeros comportamientos morales debieron resultar de la empatía, una característica deseable que se desarrolla en la formación de comunidades; los grupos más aglutinados y mejor estructurados tenían, por supuesto, más opción de sobrevivir y progresar que los individuos dispersos y aislados. Los solitarios y los huraños disponían de menos oportunidades tanto para casar acompañantes maritales y reproducirse como para cazar proteínas animales y apoyar el crecimiento de su cerebro (desarrollo este clave para la evolución hacia el Homo sapiens).

En el mismo orden de ideas, sostiene el biólogo norteamericano Edward Wilson: “Es de esperarse que en el curso de la historia evolutiva, los genes que predisponen a la gente hacia el comportamiento cooperativo terminarían predominando en la población humana como un todo (así no estén presentes en todos los individuos, agrego yo); tal proceso repetido por millares de generaciones tendría que dar nacimiento inevitable a los sentimientos morales”. La observación de un cierto sentido de equidad en monos y antropoides, documentada en diversas investigaciones, respalda al Doctor Wilson.

Tales estudios sugieren que los instintos morales de algunos simios tienen raíces profundas bien atrás en la evolución del hombre y que hay una predisposición genética a la moralidad en nuestros parientes animales, con características diferentes en cada especie o grupo. No es de extrañar entonces que los códigos de conducta de los humanos, a pesar de tener muchas reglas similares entre ellos, sean diferentes en cada cultura. Lo común en todos los códigos es la predisposición humana a una conducta moral, no los detalles de las normas de cada sociedad.

Miremos ahora la perspectiva del Buda. De acuerdo con sus Enseñanzas, la moralidad o la inmoralidad de pensamientos, palabras y actos están determinadas directamente por las consecuencias que estos producen en la armonía o la desarmonía de quien piensa, habla o actúa. La armonía florece espontáneamente cuando cesa el sufrimiento; la desarmonía es la ocurrencia misma del sufrimiento. Las cosas que llevan a la armonía son las provechosas, las líneas positivas de conducta; las que favorecen la desarmonía son las perjudiciales, las líneas negativas de conducta.

En consecuencia, según el Buda, los primeros beneficiarios de los actos positivos y los primeros perjudicados por los actos negativos son los actores mismos que los ejecutan. Copiemos algunas de sus palabras: “Quien hace algo perjudicial siente una alegría temporal, pero tarde o temprano verá los frutos de lo que ha sembrado y le llegará el sufrimiento. Quien hace algo provechoso puede sentir tristeza, pero tarde o temprano verá los frutos de lo que ha sembrado y le llegará la armonía”.

Tanto la predisposición a la moralidad de la selección natural como la moral sugerida por las líneas de conducta del Buda se encuentran ambas en el territorio exclusivo de la naturaleza humana. Ninguna de las dos define blancos y negros absolutos, como tampoco lo hace ningún otro reglamento terrenal; ambas sirven, eso sí, como faros visibles para la dirección de nuestros actos. La conducta moral beneficia a los grupos humanos (y, por ende, a cada individuo), según las ciencias evolutivas. Y la conducta moral beneficia a cada persona (y, por ende, a todo el grupo), según el antiguo sabio.

La moralidad, en ambos puntos de vista, repito entonces, es cosa de nosotros, como género humano, y no depende ni de un Juez Celestial que la haya decretado ni requiere de un juez terrenal “delegado por Dios” que le dé por interpretarla.

Atlanta, agosto 9, 2009

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