No lograría pensar que no existo

Cerrando los ojos, yo podría imaginarme en la cima del Everest, o en la Luna, o hasta en otra galaxia… Extrapolando, también lograría fantasear con mi sepelio y ‘mi’ féretro, rodeado por algunos dolientes que lamentan mi desaparición. No podría, sin embargo, fotografiar tan disparatado escenario, pues siendo el fotógrafo, ‘yo’ tendría que estar vivo.

Es imposible concebir que no existimos y aspiramos a que nos sobreviva un algo  inmaterial, eterno y personal. ¿Es real tal algo? No, responde el Buda: “Todo cambia permanentemente y no hay entidades metafísicas asociadas a la vida”.

Veo, siento, oigo… En esto somos iguales a los mamíferos. Pienso, estudio, invento… esto solo lo hace el cerebro humano, una parte fundamental del cuerpo físico. Somos solo cuerpo: Comprender esto simplifica la existencia. ¿Poseemos un alma? Creerlo nos genera incertidumbre y sufrimiento.

El alma jamás desaparecería. El deseo de eternizarnos y el temor a esfumarnos engendraron la noción de alma, una forma sutil paralela al cuerpo; cuando este desaparece, el alma le sobreviviría por siempre.

¿Cómo pudo comenzar todo esto? Millares de años atrás, unos cuantos Homo sapiens, con mente, lenguaje y consciencia recién ‘aparecidos’ -recién evolucionados-, se sentaron a cavilar sobre las tragedias en las cuales otros desaparecían. Uno de ellos, cuando su amigo cercano fue ultimado por la tribu vecina, quizás reflexionó, “¿y si el muerto hubiera sido yo?”

Por unos instantes, el doliente consternado creyó ver a su amigo, alejándose tenuemente de su cadáver. Cuando narró la experiencia al hechicero de su clan, este asoció la visión del testigo con un espíritu que estaba abandonando el plano material. Episodios como este pudieron repetirse por eras y convertirse en semillas obvias de creencias metafísicas.

Las narraciones más antiguas, por supuesto, se esfumaron; la escritura aún no había sido inventada. Pero dejaron huellas. Los primeros ‘relatos metafísicos’ tendrían que esperar a los Homeros y los Moisés. Una vez hubo registros escritos, los cuentos de almas, milagros y reencarnaciones  dieron inicio a las religiones

El ‘monumento’ más notable en el registro de vidas posteriores es la tumba de Tutankamon, un faraón de veintitrés siglos atrás que reinó en Egipto por diez años; su  cripta  fue descubierta en el Valle de los Reyes en 1922 y todo su contenido posteriormente trasladado al Museo de El Cairo.

En la tumba había unos 5.000 objetos -adornos, alimentos, vinos…-, muchos de ellos de carácter ritual. También allí se encontraron los restos de numerosos esclavos que, habiendo sido enterrados vivos, serían apoyo del faraón en su posterior existencia.

Siglos después, Aristóteles reflexionaría y ‘estructuraría’ el alma como una esencia sutil paralela al cuerpo humano. La ciencia de su época andaba aún en pañales y el gran filósofo especuló que el intelecto, siendo parte del alma, bien podría existir sin el cuerpo y sobrevivirle; esta consideración fue el punto de apoyo en el que se basaron los futuros credos, al menos los occidentales, para ‘oficializar’ el alma como esencia eterna e inmaterial, con el importante respaldo del gran fil­ósofo.

Las religiones sacaron muy buen partido de las nociones espirituales que asustaban a los pecadores. A este columnista en su infancia sí que le aterrorizaba el infierno. Ahora, siglo XXI, cuando la ciencia está cercana a ‘fabricar’ seres vivos, muchos creyentes comienzan a comprender que la buena conducta es un fin favorecedor de la supervivencia, aquí en la Tierra, y no requiere de rituales para llegar allá, al cielo.

Sobran, pues, las especulaciones sobre vidas futuras o pasadas: Solo existo en el tiempo presente. “No me importa lo que sucedió antes de que yo naciera ni me atañe lo que ocurrirá después de que muera. Solo me interesa lo que pasa entre las dos puntas’, escuché decir alguna vez al personaje de una divertida comedia.

Somos  pues transitorios… más allá solo hay leyendas. Dice Albert Einstein, genio universal, entre crítico y solemne: “Dejemos que las mentes frágiles, por miedo o por egoísmo, acaricien las divagaciones de supervivencia después de la muerte. Yo estoy satisfecho con el misterio de la eternidad.”

Y la inspiración de Darío Jaramillo, poeta colombiano pregona realismo radical:

“Somos solo cuerpo.
No me prometas nada,
solo dame un presente,
dame el instante intenso,
sí, mi relámpago,
déjame flotar convertido en parte tuya, cuerpo mío.”

Amén.

Bogotá, agosto 28, 2018

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