¿Podemos volvernos imparciales?

Imparcialidad es la capacidad de aproximarnos a doctrinas u opiniones ajenas dejando de lado las preferencias propias, así como de dar conceptos objetivos sobre temas controversiales, sobre los cuales puede haber varias interpretaciones. Casi todos ‘nos las damos’ de imparciales y ecuánimes. Cuando somos fervorosos seguidores de doctrinas sociales, devotos de credos o cultos, o ‘patrioteros’ nacionalistas, es difícil ser neutrales en los juicios que emitamos sobre política, religión o comparación de culturas.

Tarea difícil es abandonar las adhesiones vehementes o apasionadas. ¿Es posible volvernos imparciales a propósito? No, mientras seamos incapaces de situarnos por encima de las preferencias involucradas en cualquier adhesión, que influya en la conducta y que pueden llegar a manejarnos la mente.

Las preferencias, con variable grado de intensidad en cada persona, provienen de influencias múltiples -padres, educadores, predicadores, ‘negociantes’ de religiones o de partidos políticos- pregoneros todos de corrientes que, por razones no necesariamente lógicas, nos apasionaron en su momento.

La observación silenciosa y desprejuiciada de la mente -la atención total permanente a los ‘ruidos’ en la cabeza- es esencial, y quizás la única ayuda aplicable y útil, si aspiramos a ‘espantar’ las preferencias inconscientes y los condicionamientos mentales.   ¿Podemos darnos cuenta cuando, en un juicio específico, las aseveraciones son sesgadas? ¿Podemos estar conscientes, cuando expresamos juicios alrededor de temas sobre los cuales tenemos preconcepciones que podrían sesgarnos?  Más fácil de decir que de convertirlo en hábito.

El territorio de las ciencias son los hechos reales, estudiados con métodos científicos. El territorio de los dogmas son las creencias que demandan fe, no requieren de métodos organizados de estudio, y son difíciles de calificar y estudiar como verdaderas o falsas. Todos nos consideramos imparciales y pocos aceptan o reconocen sus sesgos mentales.

Imparcialidad -o neutralidad- es la ausencia de designios anticipados o de prevenciones en favor o en contra de alguien o de algo, que nos permite juzgar y proceder con rectitud. En la práctica, sin embargo, ser imparcial es mucho más difícil de lo que aparenta la definición anterior, pues inconscientemente calificamos como imparciales a las opiniones que coinciden con las propias, y de rígidas a aquellas que discrepan. ¿Por qué es así? Sencillo y complicadísimo: Por la forma cómo el cerebro codifica y arma el sentido de identidad y la consciencia del ‘yo’.

Ser imparcial es mucho más difícil de lo que parece pues, sin darnos cuenta, tendemos a calificar de ecuánimes a las opiniones que coinciden con las nuestras y de sectarias a aquellas que no. ¿Por qué nos es tan difícil ser neutrales? Por la forma cómo el cerebro codifica el sentido de identidad -nuestro ‘yo’-. La imparcialidad solo surge cuando llegamos a la raíz de las opiniones sesgadas en nuestras creencias y doctrinas, donde se originan las convicciones inflexibles.

No podemos pues ser imparciales -no podemos ser libres- dentro de la prisión de nuestros condicionamientos mentales. Los deseos desordenados y las aversiones son los generadores de los condicionamientos mentales, registrados en nuestro cerebro sin que siquiera nos demos cuenta, y que se activan automáticamente en respuesta a ciertos estímulos -conocidos como formaciones mentales perjudiciales en la terminología budista-; estos condicionamientos generan necesidades falsas y temores ficticios.

La comprensión de las enseñanzas del Buda es sencilla; su asimilación íntima, sin embargo, requiere de la observación cuidadosa y permanente de los mecanismos y artimañas de la mente, para llegar hasta los orígenes de los sesgos y prejuicios. Solo entonces podremos calificarnos de imparciales. Antes de ello, seremos apenas seguidores descontrolados de creencias, opiniones gratuitas y prejuicios inconsistentes, así presumamos de objetividad.

Los condicionamientos mentales manejan nuestra conducta, casi siempre sin que nos demos cuenta. Solo podemos ejercer control sobre ellos ‘tomando clara consciencia’ de tales ‘mecanismos automáticos’.

Deshacernos de los condicionamientos, que nos vuelven sesgados hacia direcciones, más allá de nuestra voluntad, es tarea enorme… e imprescindible para llegar a ser imparciales. Pero, eso sí, la toma de consciencia de tales condicionamientos no solo es el comienzo de tan retadora tarea sino prerrequisito ineludible para llegar a la imparcialidad. Sin este paso, permaneceremos inmovilizados por la ignorancia de las causas reales de cualquier problema… Y. por ende, del problema mismo.

Bogotá, julio 10, 2019

Compartir

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *