¿Qué tan largos son sus telómeros?

Los telómeros son una porcioncita de algo nuestro –enseguida les diremos de qué cosa– cuya extensión, según prominentes investigadores, es la mejor medición de la rapidez con la cual estamos envejeciendo. La doctora María Antonia Blasco, una científica del Centro Español de Investigaciones del Cáncer, sostiene que “conocer la longitud de nuestros telómeros nos da una indicación del estado de nuestra edad fisiológica aún antes de enfermarnos”. En otras palabras, los telómeros nos informarían por dónde vamos en nuestro recorrido biológico y qué tan pronunciado es nuestro descenso. Como el asunto suena interesante, vamos al grano.

Los telómeros –el término proviene del griego: telos, fin; meros, parte– son los extremos, las partes finales, de los cromosomas, unas especies de puntas de cordones que evitan que estos (tanto los cromosomas como los cordones) se despelucen y pierdan funcionalidad. Los cromosomas, cuarenta y seis en las células humanas, son las bodegas de nuestros genes; allí reside nuestro código genético.

¿Cuál es el ruido creciente del tema? Cada vez que una célula nuestra se reproduce partiéndose en dos, todos sus cromosomas ­–y todos los genes que estos contienen– se duplican; si no fuera por los telómeros, las copias serían perfectas e idénticas al original. Así no sucede, sin embargo. En cada fraccionamiento, las punticas de los cordones se nos van acortando y después de unas 50-70 repeticiones, la célula deja de reproducirse y eventualmente desaparece. Cada vez que esto sucede, nosotros sus dueños poquito a poquito nos vamos arrugando y muriendo.

La bióloga Elizabeth Blackburn, Premio Nobel de Medicina en 2009, dice que la longitud de los telómeros es la medición más integral de los tres factores críticos del envejecimiento: la genética, la influencia del medio ambiente y el estilo de vida. La comprensión del efecto de los telómeros en la reproducción de las células es pues esencial en los estudios tanto del envejecimiento como del cáncer. En esta enfermedad, por sí misma un desbarajuste mayor del sistema de copiado, las células parecen perder el control contable de sus duplicaciones y no paran de multiplicarse desordenadamente hasta cuando se controla el cáncer o nos mata.

El número de veces que una célula puede copiarse antes de llegar a su senectud se conoce como límite de Hayflick, denominado así en honor a Leonard Hayflick, su descubridor en 1961. Como era de esperarse, el interés académico en los telómeros va más allá de medir su longitud y de calcular cuántos ciclos vitales les quedan a nuestras células. La pregunta clave es averiguar cómo se puede parar y ojalá retroceder el nefasto taxímetro antes de que llegue a su tope.

La respuesta a tal pregunta parece ser afirmativa –sí se puede controlar el taxímetro– pero, innecesario decirlo, no a punta de silicona. Un grupo de la Universidad de California en Irvine, dirigido por el doctor Edward Nelson, sugiere que las técnicas de manejo de estrés (terapia psicológica, meditación, yoga…) no solo detienen sino que además revierten el acortamiento de los telómeros. De igual manera, la doctora Blackburn ha encontrado que los telómeros de los leucocitos o glóbulos blancos son más largos en las personas que hacen ejercicio con regularidad.

El territorio es interesante y promisorio. Es probable que aquellos que desconocían el vocablo “telómero”, cuando leyeron el comienzo de esta nota, hayan mandado su maliciosa imaginación a cierta parte de la anatomía masculina. Los malpensados no están del todo incorrectos. La parte que seguro se imaginaron, como es de conocimiento general, también se encoge bastante con el paso del tiempo. En este campo, por supuesto, hay igualmente mucha investigación y excesivo interés comercial. No es osado pronosticar que, como resultado de los estudios paralelos en ambas áreas, el alargamiento de los telómeros también ayude en la solución de este otro problema de acortamiento. Que para algunos veteranos varones les resulta gravísimo.

Atlanta, abril 13, 2011

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