Rama y Alá

Cuando vemos de nuevo una excelente película, descubrimos sutilezas que antes habíamos pasado por alto. Así me ocurrió recientemente cuando disfruté por segunda vez de ¿Quiere usted ser millonario? (Título original en inglés: Slumdog Millionaire), la muy galardonada cinta británica. Comedia y tragedia reunidas, ¿Quiere usted ser millonario? narra las aventuras y desventuras de Jamal, un joven musulmán de las barriadas de Mumbai, desde su temprana y paupérrima niñez hasta su exitosa participación en un adinerado concurso de conocimientos de una cadena de televisión india. El comentario que hace Jamal cuando la pregunta de turno es acerca de Rama, el dios más popular de la religión hinduista, fue el motivador de esta nota.

En Mumbai, la tercera urbe de nuestro planeta, viven casi veinte millones de habitantes, la mayoría de los cuales (68%) son hinduistas con un importante segundo lugar (25%) para los seguidores del islam. Al igual que en otras ciudades de la India, esta pronunciada polarización conduce frecuentemente a violentas luchas religiosas. En nuestra película, durante una asonada hinduista en la barriada donde subsiste Jamal, aún niño entonces, es asesinada su joven madre.

Mientras que los musulmanes adoran a Alá como su único Dios, los hinduistas, más polifacéticos, tienen centenares de deidades; Vishnú, el Omnipresente, con sus numerosas expresiones y reencarnaciones, representa el nivel cumbre de la jerarquía divina. El renombrado Rama, su más importante reencarnación, es siempre caracterizado en sus imágenes sosteniendo en las manos un arco con sus flechas como armas simbólicas del adiestramiento permanente para batallas campales.

Una de las preguntas que Jamal debe responder durante el concurso es justamente acerca de esos objetos, del arco y de las flechas, que exhibe el Rama mitológico en pinturas y estatuas. Tras formular el interrogante correspondiente, el animador del programa indaga cauteloso: “¿Conoce usted la respuesta?”. El comentario de Jamal fue lo que no discerní la primera vez que vi la película: “No podría jamás olvidarla, señor; si Alá y Rama no existieran, mi madre estaría viva”. ¡Hay tanta profundidad en el dolor y en la sencillez de esta frase!

Los conflictos de las culturas lejanas –hinduistas y musulmanes en la India, hinduistas y budistas en Sri Lanka, la religión gubernamental de Beijing y todas las demás religiones en China– tienen la misma raíz de las pugnas que están a la vuelta de nuestra esquina; la misma copa aunque con distinto contenido. En aquéllos, en los problemas lejanos, dado que ambas partes nos son ajenas, permanecemos indolentes y neutros. En los del mundo cercano, en cambio, tomamos posición inmediata y calificamos de fanáticos e intolerantes a los otros, a quienes no comparten nuestro punto de vista.

En toda creencia desprovista de respaldo racional se encuentran las semillas del fanatismo y, por ende, del conflicto y de la violencia. Sólo quienes carecen de creencias emotivas e infundadas pueden aseverar que no son sectarios. Por supuesto que las religiones no son el único territorio donde se trazan rayas limítrofes y donde se toma partido aunque, eso sí, ellas conforman el dominio más metafísico y etéreo. Pero los otros fanatismos –los raciales, los partidistas, los patrióticos, los deportivos– son igualmente dañinos tanto para el individuo como para toda la sociedad.

Ciertamente siempre es y siempre será demasiado difícil lidiar con cualquier forma de fanatismo, particularmente cuando nosotros creemos tener la verdad revelada. ¿Estaríamos dispuestos a agregar en la frase de Jamal, además de Alá y Rama, a todos nuestros propios dioses, celestiales y terrenales por igual, que si no existieran dejarían de causar tantas muertes y conflictos? Bien dice Thich Nhat Hanh, el monje vietnamita de budismo Zen: “Recta opinión es la ausencia de opiniones”.

Atlanta, abril 2, 2010

 

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