Sufrimiento, armonía y budismo pragmático

Sufrimiento emocional es el conjunto de sentimientos negativos producido por deseos desordenados de lo que se carece (riquezas, sustancias estimulantes, prestigio…) y por aversiones hacia lo que sí nos rodea (gente, hechos o cosas desagradables). Los miedos recíprocos –los temores a perder lo que ya se posee y los temores de que nos caiga lo que repudiamos– completan el portafolio de las causas para sufrir emocionalmente. Armonía interior es la ausencia de sufrimiento emocional.

El Buda diagnosticó hace veinticinco siglos que el sufrimiento emocional se podía eliminar mediante la supresión de sus causas e hizo de este mensaje el punto focal de sus discursos. Sus enseñanzas, por el fervor de sus seguidores, se desencaminaron hacia una religión, la cuarta más grande del mundo. El budismo pragmático, el subconjunto del budismo que excluye leyendas, ritos y renacimientos, se concentra en el objetivo original de acabar con el sufrimiento emocional, tal como lo propuso el gran Sabio.

El sufrimiento emocional es un sentimiento que, si bien resulta de emociones, no es una emoción. El neurólogo Antonio Damasio hace una distinción sutil entre emociones y sentimientos. Emociones son las reacciones del organismo a ciertos estímulos externos (por ejemplo, una amenaza) o internos (por ejemplo, un recuerdo). Sentimientos son las percepciones de una emoción, esto es, el registro consciente que hace el cerebro de tales reacciones. Aunque pueden ser casi simultáneos, las emociones anteceden a los sentimientos; nosotros nos percatamos de los sentimientos, no de las emociones.

Los sentimientos derivados tienen con frecuencia denominaciones similares a las emociones asociadas pero no es así siempre; una emoción de ira puede convertirse en un sentimiento de euforia. De igual forma, las emociones se “alían” para generar “especies” de sentimientos unificados. El doctor Damasio llama sentimientos de trasfondo (‘background feelings’ en inglés) a los sentimientos que resultan de la percepción de emociones y que producen el tono general de nuestra vida.

Muchos de los sentimientos de trasfondo se manifiestan en dúos opuestos no directamente conectados con las emociones originales: desasosiego, bienestar; tensión, calma; inestabilidad, estabilidad; discordia, concordia. Los primeros rasgos de cada pareja (desasosiego, tensión…) caracterizan el sufrimiento emocional; los segundos (bienestar, calma…), a la armonía interior. Los sentimientos de trasfondo ayudan a definir nuestro estado mental; ellos decoloran o colorean nuestra existencia.

El sufrimiento emocional proviene de toda la gama de insatisfacciones humanas, comenzando con las simples preocupaciones imaginarias, pasando por depresiones y bajones de ánimo, y llegando hasta las amarguras más intensas y dañinas. Allí se encuentran muchas de las emociones nocivas incluyendo, entre otras, ansiedad, angustia, desesperación, odio, celos y envidia. El potencial de cortar el sufrimiento emocional se encuentra en la interfaz de las emociones a sentimientos de trasfondo.

La palabra “sufrimiento”, por sí sola, se refiere tanto a causas físicas como mentales; de ahí proviene la necesidad del calificativo “emocional”. El dolor es sufrimiento físico y es algunas veces inevitable; su tratamiento puede requerir drogas. El sufrimiento emocional es mental, casi siempre opcional y eliminable sin necesidad de medicamentos (excepto en las enfermedades psiquiátricas con una clara base orgánica). El dolor no está en la mira del budismo pragmático; el sufrimiento emocional, sí.

A la armonía interior se llega aplacando deseos y aversiones. “Cuando los deseos desordenados y las aversiones están ambos ausentes, todo se vuelve perfectamente claro”, dijo Seng-Tsan, tercer patriarca chino del Zen. A la armonía interior se arriba indirectamente mediante “la extinción del fuego de los deseos y las aversiones”. (Ésta es la definición budista de “nirvana”). La armonía interior nos surge desde adentro y no depende de factores externos; si así fuera, hablaríamos de armonía exterior. ­

La eliminación del sufrimiento emocional es pues una tarea personal, sin intervención de maestros o congregaciones. La armonía interior no se alcanza mediante la adhesión a ningún credo, la afiliación a ninguna doctrina o el procedimiento de ningún ritualismo. La armonía interior no se persigue; a la armonía se llega espontáneamente después de arrancar las raíces –de silenciar los orígenes– del sufrimiento emocional. Cuando alguien busca la armonía interior en sectas, grupos o ceremonias, podría sin darse cuenta estar renunciando a ella… O, cuando menos, se está arriesgando a hipotecarla.

Atlanta, septiembre 19, 2010

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